martes, 25 de abril de 2017

Vernon Subutex 2 - Virginie Despentes


Despentes y moderación no van de la mano. Es el atrevimiento el que define su obra, que explora los resquicios más oscuros de los bajos fondos de la sociedad parisina en este caso. El año pasado descubrimos el personaje por el que apostaba Virginie para esta gran obra, Vernon Subutex, el vendedor de discos caído en desgracia. La crisis le había despojado sin contemplaciones de todo lo que poseía y la primera novela terminaba con él viviendo en las calles. Este escenario le sirve a la autora para hacer una crítica mordaz a la élite burguesa y su eterna psicopatía, así como aviso para todos los mortales de que la calle acecha ahí fuera y que en el momento menos esperado cualquiera podemos perder de un plumazo nuestros privilegios y empezar a pedir auxilio a quienes antes se lo negábamos.

p.73 Las élites cuentan con el pueblo para hacer el trabajo sucio.

La prosa de Despentes es envolvente: se ajusta al ritmo frenético de la calle y a las costumbres de los habitantes de los parques, los lugares abandonados y cualquier rincón que convertir en cueva en los suburbios. Los antiguos conocidos de Vernon Subutex se entremezclan en esta segunda entrega con los vagabundos con quienes comienza a compartir espacios, dando lugar a un baile delirante de drogas, prostitución, amenazas, venganza, convivencia y resquicios de humanidad en los momentos más inesperados. También hay lugar para la política, el postureo y la falsedad de las redes sociales, los medios de comunicación, la miseria del mundo laboral, los choques sociales, culturales y religiosos en una ciudad dividida en guetos… y mucha y muy buena música, una selección muy cuidada de viejos clásicos del rock que daría lugar a una lista de reproducción magnífica: Sex Pistols, The Who, David Bowie, Nick Cave, James Brown, The Jam, Iggy Pop… 

p.31 Él es amigo de los cuervos. En cuanto llega, los pajarracos lo reconocen y forman un círculo a su alrededor. Los cuervos parecen muchísimo más organizados que las palomas. Están gordos como aves de corral, son de un bonito color negro brillante y tienen una inteligencia inquietante para los humanos, acostumbrados a creer que los animales no entienden gran cosa. Los cuervos del parque captan enseguida con quién se las tienen que ver. No necesitan al viejo para comer –despanzurran el fondo de las basuras a picotazos y se sirven. Pero parece que les gusta socializar. No se limitan a presentarse cuando llega el viejo con la comida. Lo esperan. Y si el tío tiene que cambiar de sitio porque los vigilantes lo controlan, los pajarracos no se ponen nerviosos, lo siguen y se avisan de que el lugar de reunión ha cambiado.

p.103 La comparación más parecida con lo que conocía antes sería un porro de hierba pura a las diez de la mañana en una playa desierta, un día de otoño, justo después del café –el momento en que quieres levantarte, las piernas de algodón, presa de un ligero vértigo. Estás bien. Caminas. Los fundidos a negro te entrecortan la vista, la realidad, convertida en decorado, es perceptible, pero cuelga de un hilo. Eres un globo inflado con helio. 

p.112 Acuérdate, Vernon, entrábamos en el rock como el que entra en una catedral, y esta historia era una nave espacial. Estaba lleno de santos, ya no sabíamos ante cuál arrodillarnos para rezar. Sabíamos que una vez desenchufados los jacks, los músicos eran personas como las demás, que hacían caca y se limpiaban los mocos cuando pillaban un resfriado, pero daba lo mismo. Nos importaban un huevo los héroes, lo que queríamos era aquel sonido. Nos traspasaba, nos fulminaba, nos colocaba. Existía, a todos nos provocó lo mismo al principio: joder, ¿esto existe? Era demasiado grande para nuestros cuerpos. Jóvenes al galope, no teníamos ni idea de la suerte que teníamos… Me acuerdo del tío que me enseñó los tres acordes  de “Louie Louie” a la guitarra, y por la noche me di cuenta de que con eso podía tocar casi todos los clásicos. Cuando tenías callos en los dedos por primera vez, era como haberte sacado el certificado de aptitud profesional. El primer tema que supe tocar entero fue “She´s Calling You”. Necesité un verano. Lo que hacíamos era una guerra. Contra la tibieza. Nos inventábamos la vida que queríamos tener y no había ningún aguafiestas que nos advirtiera que al final renunciaríamos. Cuando yo tenía dieciséis años, nadie habría podido hacerme creer que no estaba exactamente donde tenía que estar. En un camión G7, sentado en la rueda, temblando con seis colegas sin estar seguros de haber puesto bastante gasolina para volver pero a ninguno de nosotros le preocupaba la duda. Era “la última aventura del mundo civilizado”. Lo demás, te acuerdas, no era tabú, no estábamos cabreados con nadie. Lo demás no existía. Vivimos nuestra juventud en burbujas de acero blindado. Había alquimias de entusiasmo, cosas cuya otra cara aún no habíamos visto, nos buscábamos apodos, todo era interesante, hasta las mayores gilipolleces. “¿Tocamos mañana?” era la única pregunta que me hacía. Vivíamos en el acople de los micros abiertos, en el silbido del Jack que conectamos, en el calor de los focos, ser teloneros de los Thugs y encontrar tíquets de consumición era lo esencial de nuestra aventura, y nos llenaba. Entre los dieciséis y los veintitrés años, no recuerdo haber visto ni un programa de la tele, no teníamos tiempo, estábamos fuera de casa o escuchábamos música, no recuerdo haber ido a ver una película para el gran público, haber visto un clip de Madonna o de Michale Jackson, la cultura mainstream no formaba parte de nuestro campo de visión. Ni siquiera hablábamos de ella. No sabía que no iba a durar. Lo llamábamos la red, éramos lo más cuando teníamos contestador automático, los que tenían un fax eran los dioses de la comunicación. Ninguno de nosotros pensaba en ira comprar carne o en hacer vacaciones, solo estaban los surferos, a los que les interesaba el rollo de la playa, nosotros nos quedábamos en la ciudad, donde hay conciertos. No era un sacrificio –nos importaba un huevo lo demás.  
“La” escena era lo único que contaba. Y teníamos razón. Entre semana pegábamos carteles, los fines de semana tocábamos en algún sitio, había bastante gente para que no nos diera la impresión de estar ensayando, planchábamos nuestros discos, no nos pronunciábamos en ninguna parte, no había intermitencia, no había mundo exterior al nuestro. Todos teníamos asociaciones sin ánimo de lucro, éramos tesoreros, presidentes, y todos vivíamos de trabajos de ayuda al empleo. Íbamos a Italia a Alemania a Suiza a Hungría a España a Inglaterra a Suecia, siempre en camiones hechos polvo, y éramos los reyes del mundo. Luego llegó el señor que se encargaba del rock en el Ministerio de Cultura, empezamos a oír hablar de subvenciones, a ver que abrían bonitas salas que parecían centros de juventud municipales de lujo, vimos aparecer a tíos que sabían montar dosieres, que hablaban el lenguaje de las instituciones, estaban más estructurados, eran más listos. Empezamos a rellenar papeles. El CD sustituyó al vinilo. Desaparecieron los 45 revoluciones. Parecía que no pasaba nada. Sabíamos y no sabíamos. Cada cosa, tomada de una en una, era anecdótica. No lo vimos venir en conjunto. Y aquel sueño sagrado se convirtió en una fábrica de meados. Es la historia de la Cenicienta: un pedal Fuzz había convertido nuestras calabazas en carrozas, y dieron las doce de la noche. Recuperábamos nuestros harapos. Ya nada era nuestro. Nos convertíamos todos en clientes. El rock le venía bien a la lengua oficial del capitalismo, la de la publicidad: eslogan, placer, individualismo, un sonido que te impacta sin tu consentimiento. No entendimos que las piedras mágicas que teníamos en las manos eran diamantes puros. Un tesoro en manos de una pandilla de inadaptados. Ninguno de nosotros tenía planes de hacer carrera. No pensábamos que era posible. Eso nos salvaba. Lo perdimos todo. Pero nunca hablaremos de igual a igual con los que nunca han conocido una vida que se ajusta a sus sueños punto por punto. Hoy en día me cruzo con personas que, a los veinte años, aprendían la competitividad en la escuela o el marketing en la empresa, y que quieren hacerme creer que hemos vivido la misma juventud. Yo no digo nada. Pero olvídalo, tío, olvídalo. Mi aristocracia es mi biografía. Me quitaron todo lo que tenía, pero conocí un mundo que nos creamos a nuestra medida, en el que no me levantaba por la mañana diciéndome voy a seguir obedeciendo.

lunes, 24 de abril de 2017

La lámpara - Clarice Lispector



“La lámpara” es la segunda novela de Clarice Lispector, que se publicó por primera vez en 1946. Lispector (Ucrania, 1920 - Río de Janeiro, 1977) tuvo una prolija producción literaria, si bien la complejidad de algunos de sus escritos ha provocado que no se haya hablado mucho de ellos, pese a su indudable valor. Su primera novela, “Cerca del corazón salvaje”, sorprendió en el momento de su publicación y fue un éxito desde el principio.

Cuando Clarice era aún una niña y enviaba sus escritos al periódico local, éste los rechazaba porque los niños que participaban en la sección infantil enviaban textos narrativos, y los de Clarice describían sensaciones: esto nos puede dar una pista clara de lo particular de su trabajo, y de lo que con los años se convertiría en su sello personal.

Colores y sensaciones
Clarice Lispector poseía una sensibilidad sin límites. Es muy complejo describir una novela que parece haber sido creada a base de pinceladas de acuarela, y que se desarrolla casi solo a través de ambientes y sensaciones. La misma protagonista, Virgínia, es tan liviana y etérea que parece traslúcida, evanescente, y nunca conseguimos verla de frente, como si continuamente se escabullera.

El silencio era espeso como si la pregunta hubiese caído en el mismo mar.

Esta no es una novela para lectores primerizos, básicos o perezosos. Desde luego no es para los que buscan emoción y aventuras, una sucesión de acontecimientos entretenidos. No tenemos un arco argumental sólido, se trata tan sólo de retazos de la vida de Virgínia, o más bien, de lo que vamos deduciendo que se trata de la vida de Virgínia… ya dije que no era fácil de describir a quienes no la hayan leído.

Su vida estaba hecha de ponerse un día el vestido al revés y decir con sorpresa curiosa como ante una noticia: vaya, hace tanto tiempo que no me pasaba,vaya. Quería ocuparse de pequeñas cosas que llenasen sus días, las buscaba, pero había perdido el encanto ágil de la infancia, había roto con su propio secreto.

Demasiada luz, gótico sureño y maltrato
Es un reto literario; y la lámpara es el símbolo decadente de lo único sólido que se mantiene con el paso de los años en la vida de Virgínia, y también es un guiño que hace referencia al estilo literario gótico sureño, que se desprende de las páginas de esta novela, que deslumbra hasta cegar, siguiendo la estela de Faulkner, McCarthy y otros muchos.

¿Cuál ha sido hoy tu pensamiento más fuerte?, ella se callaba asustada, sin poder explicarle que había vivido un día de inspiración excesiva, imposible de ser guiada hacia un solo pensamiento, así como el exceso de luz impedía la visión; el alma exhausta, ella respiraba de puro placer sin solución y se sentía tan viva que moriría sin saberlo. Daniel se encolerizaba, la empujaba apretándole el brazo, llamándola ignorante, amenazando con disolver la Sociedad de las Sombras, cosa que la aterrorizaba más que su brutalidad física.

Virgínia es una mujer maltratada, que crece en una familia de madre a veces indiferente a veces cruel, padre estúpido y hermano violento. El mundo real es para Virgínia algo secundario a lo que parece no tener nunca acceso directo, como si haciendo honor a su nombre sobrehumano, éste le hubiera sido negado. Una pátina imperceptible se interpone entre el mundo y ella. Así, la vida interior como único refugio posible para alguien incapaz de disfrutar de su propia vida.

Pero ella no tenía fuerzas para ser feliz. Se había cansado.

Todo ello hace de esta novela un relato profundamente psicológico repleto de metáforas muy líricas. A esto hay que añadir la inexistencia de cortes por párrafos o capítulos, algo que dificulta aún más la lectura, no hay respiros. Hay cambios de tiempo y lugar casi tras un punto y seguido, sin avisos, es fácil perderse y por eso hay que leer con mucha atención: es una novela oscura y compleja.

Pero como todo buen reto, al final tiene su recompensa, y es que cuando se consigue “entrar” en la tela de araña Lispector, una se siente ya arropada por su magia para siempre, y eso es algo que no tiene precio, es maravilloso.

miércoles, 19 de abril de 2017

Yo no soy una mujer - Edith Södergran


Este libro es un rescate en el tiempo, muy oportuno para los tiempos que corren, cuando el activismo feminista ha conseguido que sus reivindicaciones lleguen a los medios y estén en boca de todos. Esta es la voz de una pionera, una chica que se replanteó la realidad y se formuló preguntas para las que su entorno no tenía ninguna respuesta. Les dio forma de poemas y este es el resultado.

Edit Södergran nació en San Petersburgo en 1892, creció observando la naturaleza invernal, fotografiando gatos, escribiendo y formándose en diferentes idiomas (alemán, ruso, inglés, francés), terminó escribiendo en sueco que era su lengua materna, enfermó de tuberculosis y murió con 31 años. Este último dato trágico, unido a sus versos controvertidos, hicieron que su nombre y su obra no se los llevara el olvido.

Finlandesa, pionera y controvertida
Södergran procedía de una familia burguesa de habla sueca, en 1902 ingresó en la Petri-Schule alemana en San Petersburgo. Le influyeron profundamente las obras de Heine y de Goethe, y sus primeros poemas fueron escritos en alemán, aunque poco después tomaría el sueco, su lengua materna, como idioma para la escritura, eso sí, con constantes germanismos.

Hacia 1909 contrajo la misma enfermedad que su padre, la tuberculosis; en el sanatorio Davos Dorf, en Suiza, que es el escenario de “La montaña mágica” de Thomas Mann, pasó Edith una temporada recibiendo el tratamiento para tuberculosos, cuando contaba con 21 años, y fue escenario de sus travesuras juveniles hasta que lo abandonó en vísperas de la Primera Guerra Mundial.

Unos años después consiguió publicar su primera colección de poemas bajo el título de “Dikter” (“Poemas”), y fue entonces estalló el escándalo: 1916 no era el momento idóneo para que una mujer escribiera versos tales como:

VIERGE MODERNE
No soy mujer, soy un ser neutro.
Soy una niña, un paje y una decisión atrevida,
soy el trazo sonriente de un sol escarlata…
Soy una red para todos los peces golosos,
soy un brindis en honor a todas las mujeres.
Soy un paso hacia el azar y la perdición,
soy un salto hacia la libertad y mi propio yo…
Soy la sangre susurrante que habla al hombre,
soy el escalofrío del alma, el deseo de la carne y su negación,
soy la señal de entrada a nuevos paraísos.
Soy una llama, franca e indagadora,
soy agua, profunda pero desafiante hasta las rodillas,
soy el fuego y el agua juntos en sincera unión libre…

Cómo ser valiente a principios del s. XX
Como se puede comprobar, ni siquiera el siglo XXI está totalmente preparado aún para recibir estos versos sin hacer una mueca de desprecio. La sociedad aún no ha interiorizado que no tiene que comprender algo para respetarlo. Södergran escribía lo que le daba la gana, y lo escribía bien. En su momento, la apoyaron poetas y escritores liberales, que tenían mentalidades modernas y abiertas. Se la considera revolucionaria de la poesía nórdica, sobre todo en lo relativo al impacto que produjo en el modernismo finlandés de los años veinte. Dejó un total de cinco libros escritos, el último de los cuales se publicó de forma póstuma. Un dato curioso es que después de su muerte, sus seguidores tomaron su antiguo lugar de residencia como lugar de peregrinación, al que acudían para realizar fotografías, hablar con su madre y llevarse de recuerdo algún pequeño objeto personal de la familia.

Descarada, aparentemente bucólica, lisérgica, soñadora, contemplativa. Tan terrible como le apetece en cada momento, temeraria ante la muerte, poderosa cuando el viento sopla en la dirección equivocada. Se mimetiza con los elementos naturales y observa a su alrededor con una mirada que contiene ciertos tintes mágicos a veces, “voy a cerrar los portales de la muerte”.

Hay muchas referencias recurrentes, se repiten a lo largo de los poemas: las nubes, el frío, las rocas, el agua, el otoño, el otoño, el otoño. La muerte como compañera de viaje, tan solo un elemento más de la Naturaleza, formando parte, con un pie aquí y el otro allá, etc., afirma que la vida y la muerte no son dos cosas diferentes. Hay sin duda una búsqueda incansable de la belleza (incluso hay un poema entero en el que se cuestiona insistentemente sobre el verdadero significado de la belleza), una mirada inquisitiva al mundo, con ojos interrogantes.

Una colección de versos otoñales con un siglo de antigüedad pero con la frescura intacta y los colores dorados y rojo fuego aún brillantes. Cuando Södergran murió, encontraron debajo de su almohada dos poemas. Entre ellos, este verso: “Muerte, ¿por qué te quedas en silencio?” A ella le fue concedido muy poco tiempo de vida y sin embargo supo aprovecharlo para alzar la voz y conseguir que llegara tan lejos como a este momento, perfecto para recoger su testigo, no se la pierdan.

lunes, 10 de abril de 2017

El ocaso del discernimiento electivo



Procuro mantenerme al margen de las tendencias consumistas, tengo una predisposición clara hacia lo underground y/o subversivo. En el terreno literario sé desde que era una cría que un libro siempre te lleva a otro libro, y me encanta que lectores insaciables en cuyo criterio confío, me recomienden los textos que más les han emocionado. Por eso, entre otras cosas, hago este blog desde hace ocho años, sencillamente para hablar de los libros que me da la gana, excluyendo las malas críticas porque sé que la publicidad negativa es incluso más ruidosa por el morbo que genera.

En el lateral derecho de estas líneas, hay un icono de un búho con un letrero que reza “Ad-free blog”, que significa “advertisement free blog” o “blog libre de publicidad”. Es decir, nada de lo que aparece aquí me revierte a mí un solo céntimo por incluir espacios de publicidad comprada. Pero igualmente recibo emails con invitaciones de empresas relacionadas con la industria editorial, que me invitan a escribir posts sobre sus productos o servicios, que en cada caso me reportarían supuestos ingresos o descuentos. Nunca los acepto: ni creo en la utilidad de sus servicios ni me apetece trabajar para otros por una miseria.

Muchos blogs, canales de Youtube, etc., aceptan y cobran por incluir publicidad en sus publicaciones, las personas que están detrás se definen a veces con el rimbombante “creador de contenido” aunque en muchas ocasiones ese contenido es su vida privada en vídeos que captan rápidamente seguidores morbosos. Contactan con marcas para publicitar productos que de otra forma jamás hubieran utilizado y el dinero entra rápida y fácilmente, personalmente me parece de un mal gusto exagerado.

En esta línea de despropósitos, hace poco vi un vídeo en el que una chica anunciaba que por fin había encontrado el servicio on-line definitivo, el que había esperado durante mucho tiempo: era una suscripción de moda en la que pagabas para que otra persona eligiera algunas prendas y accesorios y te las enviara a domicilio, es decir, una especie de cita a ciegas con tu armario, o un personal shopper virtual. Me pareció espeluznante, incluso entré en la web para leer más información y confirmar mis sospechas, era extremadamente poco personalizado, todo se hacía mediante un pequeño test que excluía todo tipo de tendencias estilísticas subculturales, como era de esperar. Se suponía que podías devolver las prendas que no te habían gustado o que no te valían, pero ya habías pagado por ellas por adelantado, había toda una política de cambios y devoluciones, en fin: qué mal gusto y qué pereza. Creo que la imagen personal es una herramienta de expresión tan buena como cualquier otra, ¿por qué no hacer uso de ella, o lo que es peor, por qué permitir que un desconocido lo haga por nosotros?

Pero es que hace poco descubrí que existía el mismo servicio para lectores sin alma, es decir, una empresa que elige un libro por ti, lo empaqueta y te lo manda a domicilio. ¡Bum! Se acabaron las charlas tan enriquecedoras con bibliotecarios y libreros, los paseos entre estanterías, incluso las búsquedas en catálogos on-line. También, por descontado, las recomendaciones de amigos y críticos de confianza, se acabó que un libro te lleve a otro libro, fin a eso de elegir por ti mismo: llegó el ocaso del discernimiento electivo. Me pareció descorazonador, llámenme exagerada, no puedo explicarlo de otro modo.

Para colmo, en esa empresa utilizan como reclamo definitivo un envoltorio feliz y lleno de detalles, del tipo marcapáginas que nadie usa, la nota de prensa de turno impresa en un papel muy bonito y tonterías de ese tipo al más puro estilo Mr Wonderful (el regalo que nadie con dos dedos de frente quiere recibir). Puag.

También existe ya el servicio previo pago de viajes por sorpresa: para qué elegir el destino, para qué informarse sobre él, para qué organizar con mimo el viaje a ese sitio que siempre soñamos, si un desconocido puede decidirlo por nosotros, o si ya hemos dejado de soñar con algún lugar en el mundo porque hemos frito nuestro cerebro delante de mil pantallas y ya no nos funciona.

No sé, a mí todo esto me activa las alarmas e imagino un mundo no muy lejano en el que una empresa, bajo suscripción previa, te haga llegar puntualmente la comida a mediodía, un menú sorpresa, para que no tengas que pensar qué comes. O por qué no, una red social de citas en la que no tengas que molestarte en hacer ningún tipo de criba, a la hora acordada llamará a tu puerta el ser humano con el que tendrás sexo ese día (qué demonios, ya existe ese monstruo llamado First Dates, me rindo). Qué puedo decir, me imagino a los emprendedores que están detrás de este tipo de iniciativas, riéndose a carcajada limpia de todos aquellos que compran sus servicios, pienso en cómo hemos llegado a este punto, y me da pena.

jueves, 6 de abril de 2017

El arte de pedir - Amanda Palmer


Amanda Palmer es uno de esos regalos geniales que el mundo se ha hecho a sí mismo. Para todos aquellos que aún no la conozcan, diré que se trata de uno de esos personajes a los que me gustaría no conocer aún, por el simple hecho de volver a tener la ocasión de descubrirla de nuevo: es única. 

Amanda se hizo popular gracias a su música, que va mucho más allá que una colección de cd’s: letras reivindicativas, ausencia total de tapujos, performances teatrales en los conciertos, una estética punk rock muy rompedora que mezcla vestigios del cabaret y de la estética circense. Pero sobre todo, la música de Amanda transmite a la perfección la poderosa energía de su autora, una mujer con un alma grande, preciosa y resplandeciente. 

En realidad, a nadie le puede pasar desapercibido el hecho de que desafina mucho, si uno se fija bien puede preguntarse, ¿acaso ella no se está dando cuenta? A continuación, la pregunta es ¿lo sabe perfectamente, pero está representando un papel? Creo que la respuesta es que lo sabe perfectamente y que le importa tan poco que incluso lo exagera, puesto que a través de su voz, su música y la puesta en escena (independientemente de la afinación, o gracias a que ésta sea incorrecta) consigue transmitir al público exactamente lo que quiere.


En este libro autobiográfico hay un fin principal, que va más allá de reunir un buen puñado de anécdotas: se trata de transmitir al lector la idea de que todo lo que nos han inculcado sobre la prudencia y el pudor a la hora de pedir algo que necesitamos (ya sea emocional o material), es erróneo. Es decir, con su ejemplo pretende demostrar que ser vulnerables nos hace más fuertes, y que el amor y la empatía son bienes que no se gastan por más que los demos y recibamos, sino todo lo contrario.
Muchas veces me preguntan: “¿Cómo puedes confiar tanto en la gente?”
Porque es la única forma de que las cosas funcionen.
Cuando aceptas la ayuda que alguien te brinda, sea comida, un lugar donde dormir, dinero o amor, hay que confiar en esa ayuda. No se pueden aceptar las cosas a medias y entrar en casa de alguien con las espadas en alto.
Cuando confías abierta y radicalmente en la gente, ellos no solo cuidan de ti, sino que se convierten en tus aliados, en tu familia.
A veces la gente no está a la altura de la confianza que depositamos en ellos.
Cuando eso ocurre, la reacción correcta no es:
-¡Mierda! ¡Si es que no se puede confiar en nadie!
La reacción correcta es:
-Hay gente que da pena.
Y seguir adelante.
Hay montones de anécdotas en este libro, todas ellas narradas con un estilo despreocupado y directo que desprende franqueza. Aprendemos muchos detalles de los inicios de la artista como camarera y estatua humana callejera, así como todo lo relativo a su carrera musical. También se incluyen datos sobre su relación con el magnífico escritor Neil Gaiman, que actualmente es su marido y padre de una hermosa criatura feérica. Quienes ya conocíamos a la pareja por separado, la noticia de su relación amorosa, cuando se hizo pública, nos conmocionó casi hasta las lágrimas: era tan perfecto que parecía irreal, y ahí siguen… 

Las redes sociales han marcado la relación de Amanda con sus seguidores, así como la confianza que tiene en la magia de ayudar a los demás y también pedir su ayuda cuando es necesario. Asistimos aquí a la llegada de internet a la vida de la artista, cuando comenzó una comunicación directa con sus fans y cómo, por ejemplo, fue una de las pioneras del crowdfunding. A día de hoy, sigue muy activa en redes y así por ejemplo, el día en el que escribo esto vi a los pocos minutos de publicarse, un vídeo (con casi 45.000 reproducciones y 129 comentarios) en el que Amanda se grababa frente al tiovivo que hay al pie de las escaleras del Sacré-Coeur de Montmartre, un escenario muy famoso gracias a la película de Amelie.


Me gustaría aclarar que este libro no tiene nada que ver con uno de esos horribles manuales de autoayuda, que establecen ejercicios y marcan las pautas para que el lector las siga de forma rígida con tal de lograr sus metas. Nada que ver. “El arte de pedir” es una autobiografía, que incide en el acto del intercambio desinteresado de favores, precisamente porque es algo que ha marcado profundamente la vida y obra de su autora (y porque, de seguir su ejemplo, esto es algo que en nada puede perjudicar a nadie, sino todo lo contrario). En todo momento, ella expone su experiencia y es el lector quien saca sus propias conclusiones.
Mi conclusión es que Amanda es una estrella luminosa, y que su arte gamberro me inspira un millón de cosas buenas.
A veces era como si Neil fuera de otro planeta en el que la gente nunca pedía ni compartía nada personal sin antes disculparse por extenso. Él me aseguró que sencillamente era británico. Y que nosotros los estadounidenses —con nuestra excesiva tendencia a compartirlo todo a gritos, la necesidad de abrazar a cualquiera y las confesiones a gente que acabamos de conocer sobre heridas infantiles profundas y traumáticas— le parecíamos igual de extraños.
Cuando empezó a tenerme más confianza, me contó que durante mucho tiempo había creído que en realidad la gente no se enamoraba. Que todos fingían. 
—No puede ser. Eres escritor —dije yo— y has visto mil películas, has leído mil libros y memorias, y conoces a personas de carne y hueso que están sinceramente enamoradas. ¿Qué me dices de John y Judith? ¿Y de Peter y Clare? ¿Piensas que actúan? Tú has escrito libros enteros, cuentos y escenas en los que los personajes están profundamente enamorados. Quiero decir… que no me lo puedo creer. ¿Cómo podías escribir sobre el amor si no creías que existiera? 
—Justamente, querida —me dijo—. Los escritores se inventan las cosas.

martes, 4 de abril de 2017

La pasión según G.H. - Clarice Lispector


Leer “La pasión según G.H.” es como asistir a una performance en directo, en la que la actriz coge tu mano y empieza un monólogo largo y extraño, se diría que filosófico, brutalmente intimista y un tanto desquiciado, mientras ella mantiene los ojos abiertos pero está mirando hacia dentro (ojos en blanco, ojos de ciega, y sientes la presión de su mano en tu mano, que se va haciendo más fuerte a medida que se desgranan las palabras, temes que te pueda hacer daño).

Lispector reduce la existencia a plasma informe e impulsos eléctricos, se basa en la contemplación de una habitación vacía en la que irrumpe una cucaracha silenciosa e inmunda, para regresar el principio, a lo atávico, a los orígenes más ancestrales, diseccionando el miedo y el asco y estableciendo los principios básicos: la vida, abierta en canal y expuesta bajo un potente foco de luz, el de la mente insana de la protagonista, que ahora ya aprieta tan fuerte la mano que nos hace daño.

Dar la mano a alguien ha sido siempre lo que esperé de la alegría.

La originalidad es este libro; el virtuosismo, lo bien escrito que está, y la musicalidad que se desprende entre líneas a pesar de tratarse de una traducción (buen trabajo). La introspección llevada al extremo, literatura de alto nivel.

lunes, 3 de abril de 2017

El postporno era eso - María Llopis


Sí y no: me ha encantado leer este libro y aplaudo, comparto y recomiendo su contenido… pero. He visto cómo las drogas permitidas e ilegales determinaban, para mal, el día a día de algunas personas, influyendo negativamente en todo, sin olvidar que las adicciones pueden terminar en muerte, por eso me resulta imposible compartir la visión despreocupada y divertida que se desprende de estas páginas sobre el particular.

Una vez aclarado esto, concluyo que el postporno es al porno comercial lo que Youtube está siendo desde hace años a la televisión, un producto que se idea, guioniza, graba, edita y publica sin la intervención de productoras, ajena a los canales habituales. Algo así como el público creando el contenido que quiere ver y que de otra forma no encuentra.

p.19
Mi padre biológico era cura. Y profesor de inglés. Se folló a mi madre cuando ésta era una cría de 17 años. Se la folló una y otra vez hasta que la dejó embarazada. Mi madre era esquizofrénica. Y huérfana del que había sido el mejor amigo de mi padre. Menudo cabrón. Me jode y me pesa pensar que era un jodido violador de niñas locas. Él tenía treinta años más que ella, qué cojones. Me jode pensar que puedo parecerme a él. Y lo pienso. Soy como él, soy como él. Morbosa, viciosa, sucia. No me creo que nadie pueda quererme, y en cuanto me enamoro tengo que hacer algo morboso, vicioso, sucio, para que se cabreen, y demostrarme a mí misma que tengo razón. He hecho en mi vida cosas horribles a las personas de las que estaba enamorada.

“El postporno era eso” habla de muchos conceptos básicos en la lucha contra la sexualidad heteronormativa imperante en nuestra sociedad heteropatriarcal de mierda: sexualidades alternativas, el mal entendido y relativamente revolucionario porno para mujeres, sadomasoquismo, teoría queer, etc.

p. 57
Todas las Caperucitas Rojas se vuelven lobos en la práctica postpornográfica. 
p.71
Poco a poco han ido preguntándome estos días a qué me dedico y les he hablado del postporno y hasta les he grabado un par de DVDs. Ahora me piden más, les escucho hablar de pornografía, de lo poco que les gusta, pero esto es diferente, me dicen. Les prometo traerles más pelis. Me siento como una misionera postpornográfica, iluminando con la verdad del sexo a almas inocentes. 
p.89
Quedo con X. para devolvernos las cosas que tenemos todavía el uno del otro. X. me trae unas bragas usadas, “Testo Yonqui” de Beatriz Preciado y las llaves de mi casa. Yo tengo que devolverle las llaves de la suya, unos calzoncillos, una peli de Fassbinder y “La crisis de la heterosexualidad”. Miro en silencio los objetos sobre la mesa. Pura poesía.

Hay mil detalles que subrayaría y destacaría de este libro porque me han encantado, pero es difícil comentarlos todos en una reseña breve. Por ejemplo, me gustó mucho una reflexión acerca del “ser” o “estar” en relación a las inclinaciones sexuales que siempre pueden ser cambiantes, de forma que lo correcto sería decir “María está hetero” porque es como se siente en este momento o en el momento al que haga referencia, y no “María es hetero” como etiqueta que defina de forma estricta tanto los gustos actuales de María como al resto de su historial, eso es absurdo. El uso de las etiquetas está muy extendido y a la vez es tremendamente controvertido, más o menos parece haberse llegado a la conclusión de que para algunas personas, en algunos momentos, son necesarias para identificarse y definirse a sí mismos o ante los demás; también, sin duda, son muy efectivas por su capacidad sintetizadora, como herramienta para la visibilización de realidades y colectivos que suelen ignorarse social y políticamente de forma sistemática.

Una de las cosas que más disfruto al leer ensayo feminista y/o queer, es la enorme capacidad intelectual de sus autoras (que, sí, suelen ser mujeres), a las que admiro por su clarividencia mental, la lectura como pornografía literaria, literatura transgresora como objeto en un acto político-reivindicativo de onanismo sapiosexual salvaje. Gracias, Llopis.

“El postporno era esto” incluye multitud de enlaces a webs y referencias bibliográficas para continuar la formación postporno en un bucle infinito de aprendizaje-goce intelectual no heteronormativo, por todos los dioses, el paraíso.

p.142
La cultura punk es política radical y no un peinado atrevido. 
p.153
A lo mejor hoy estoy quisquillosa, pero en el lenguaje se transpira la política, y hay que cuidarlo.
María llama a las cosas por su nombre, a fe que lo hace, y transcribe sus conocimientos a través de un diario que abarca aproximadamente seis meses de su vida, de forma que su experiencia (o su experiencia literaturizada) sirve al lector para conocer los entresijos del mundo en que se mueve, en qué consiste su trabajo y también detalles morbosos sobre su vida privada, que no está del todo desligada de la pública, en cierto modo. Me gusta porque cuando es necesario señala con el dedo sin tapujos, y saltan sus alarmas ante los discursos ajenos no inclusivos, ante todo la visibilidad de los oprimidos, bravo. 
p.158
Maldigo mi sexualidad por no ser lesbiana. Las mujeres estamos luchando como perras para deconstruir las relaciones de poder. No es casualidad que los libros publicados sobre nuevas formas de mirar el mundo estén escritos por mujeres. No es casualidad que la gran mayoría del público asistente a los talleres de postporno sean mujeres. ¿Qué están haciendo ellos? Dentro de la homosexualidad sí que hay una corriente de hombres deconstruyendo la masculinidad impuesta, pero el hombre heterosexual está quieto, no mueve ficha. Ve que el mundo en el que vive se deconstruye pero es consciente de su poder y no quiere soltarlo. Y no quiere replantearse nada, obstinado como Adán en someter a Lilith. ¿Cómo puede un mito tan antiguo tener una vigencia tan actual?

viernes, 31 de marzo de 2017

En el nombre de los árboles - Karin Boye


Karin Boye es una de las escritoras suecas más laureadas. En Uppsala (Suecia) se nombró “Biblioteca Karin Boye” a una de las secciones de la biblioteca de la Universidad en 2004, y la asociación literaria Karin Boye sällskapet, que fue fundada en 1983, actualmente sigue funcionando y mantiene viva la obra de la escritora.

Además de una obra literaria en la que destacan la novela y la poesía, Karin Boye fue una pieza clave en la traducción al sueco de la obra de T.S. Eliot. También fue cofundadora de la revista literaria Spektrum, a través de la cual se introdujo en Suecia la obra de Eliot y de otros surrealistas de la época.

Té para cuatro
Leemos en la información biográfica que ofrece este poemario, que la vida de Karin Boye (1900-1941) no fue nada fácil. Hay que empezar por el final explicando que se suicidó con 41 años, que se había divorciado de su marido para vivir con la mujer a la que amaba, en un momento en el que la homosexualidad estaba prohibida en Suecia, y que el homófobo entorno de la poeta impidió que su mujer asistiera a los funerales.

Además, en este trío amoroso interviene alguien más, otra mujer llamada Anita Nathorst, quien había sido el amor platónico de Boye, y fue en las cercanías del centro psiquiátrico en las que Anita había sido ingresada, donde la poeta decidió poner fin a sus días ingiriendo una gran dosis de somníferos. Fue hallada por un granjero, yaciendo sobre una roca, y el hecho de elegir libremente ir a morir en el campo es un gesto definitivo que dice mucho de su especial conexión con la naturaleza.

En los poemas de Karin Boye todo gira permanentemente en torno a las referencias naturales. El crecimiento espiritual se refleja en los procesos de la Naturaleza, como por ejemplo en el poema titulado “Sí, es verdad que duele” (uno de los más populares de toda su obra), donde se transmite la sensación del dolor que sufren los brotes tiernos de las plantas, los capullos y las ramitas que con la llegada de la primavera estallan para crecer y transformarse en algo más sabio y más grande tras superar un proceso que produce dolor pero ofrece una recompensa a cambio.

Sí, es verdad que duele cuando los brotes se abren.
¿Qué otro motivo hay para que la primavera dude?
¿Por qué tiene que estar atada toda nuestra ardiente espera
al pálido helor amargado?
El refugio durante el invierno fue el capullo.
¿Qué novedad es esa que consume y estalla?
Sí, es verdad que duele cuando los capullos se abren.
Dolor para lo que crece
y lo que constriñe.
(…)

Por el contrario, en “Noche de valpurgis” afirma que si se queda donde está no le sucederá nada, es decir, que si se mantiene inamovible y se estanca (alterando el ciclo de la Naturaleza), impedirá que le pase algo malo pero tampoco obtendrá la recompensa del crecimiento.

Leer entre líneas o la importancia de los espacios en blanco
Karin Boye era muy simbólica y poco narrativa, si entre líneas hay fragmentos de sus pensamientos y emociones no tiene un gran interés por exponerlos abiertamente. En el poema “El camino es estrecho” describe a dos personas que avanzan juntas por un camino de obstáculos, esto puede tomarse como una alegoría de las dificultades e injusticias que sufrió a causa de su homosexualidad, en cualquier caso no es claro y sólo puede percibirse de esta forma tan obvia si el lector tiene en mente su trayectoria personal (y la biografía de los autores no es algo que los lectores tengan por qué conocer previamente, ni siquiera tiene por qué interesarles).

Pero siguiendo esta línea, hay que destacar que en los poemas se habla de humillación, ataduras, de su esfuerzo personal por no ocultar nunca nada, de castigos y de la libertad que pese a todo, permanece intacta en el fondo de su alma.

Da la impresión de escribir encerrada en un cuerpo, o en una celda, o en lo que sea que la atrapa y le impide tener la aprobación de su entorno mostrándose como realmente es. Se sabe incorrecta a los ojos de los demás. El poema “Pino inclinado”, crudo y desgarrador, es uno de los textos en los que se muestran de forma más contundente los sentimientos de frustración, lucha, agotamiento y también de esperanza.

Aquí bajo el eterno soplo
se alza de la piedra un pino inclinado,
se retuerce cansado,
se ata desafiante,
se inclina dominado.
Negros contra el cielo en tormenta
se dibujan contornos fantasmales.
Monstruos que sienten hastío
de monstruos.
Un quejido atraviesa las copas desgarradas:
Oh, poder mirar una sola vez
directamente  a la luz,
alzarse como un roble,
un joven abedul
un arce virgen.
Esconde tus sueños, tullido.
Aquí están los últimos escollos. Hasta donde la vista alcanza:
pino inclinado.

No es de extrañar que sea una autora muy valorada, ha sido una grata sorpresa descubrirla. Las traducciones en el terreno poético lo tienen mucho más complicado que la narrativa a la hora de captar todas las inflexiones del original a una lengua nueva, y si a pesar de eso los poemas siguen desprendiendo una fuerte luz propia, está claro que el original será increíble y que estamos ante literatura de gran calidad. Por eso, enhorabuena al traductor de estos poemas, Albert Herranz. “En el nombre de los árboles” es una obra muy recomendable que deja ganas de más, así que sin duda seguiré tras la pista del legado poético y narrativo de Karin Boye.

martes, 21 de marzo de 2017

Los últimos pasos de Keats en Roma

Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua

Me fascina el componente literario de los viajes. Cualquier excusa es válida, en realidad, mientras se mantenga el espíritu viajero y no se convierta uno en un turista. En esta ocasión viajé a Roma (más exacto sería decir que peregrinaba) porque había idealizado por varios motivos el lugar en el que está enterrado John Keats.

Por un lado y principalmente, porque posee el epitafio más hermoso del mundo; por supuesto, también por la calidad de su obra y el respeto que le profeso. También me influyó mucho leer lo que Oscar Wilde escribió sobre ese lugar (él mismo se postró en su momento ante esa tumba), en un artículo de 1877 titulado sencillamente “La tumba de Keats” en el que describe el cementerio en el que se encuentra y dice preciosas cosas como esta:

“En pie junto a la tumba mezquina de este divino adolescente, yo lo veía como a un sacerdote de belleza prematuramente inmolado (…)”

Una motivación más era el magnífico poemario “La tumba de Keats” (1999) del genial Juan Carlos Mestre, uno de nuestros poetas nacionales más destacados, que escribió parte de ese largo poema allí mismo:

“He pasado la tarde junto a la tumba de Keats,
me he postrado ante la guarida donde la divinidad no es un ser poderoso,
no he descendido a ningún otro infierno que no fuese mi vida (…)”

Mucho se ha escrito sobre este lugar, el Cimiterio Protestante o Acattolico de Roma, que allí consideran un museo. Es precioso, sosegado, se detiene el tiempo tras atravesar la puerta como suele suceder en estos lugares (en cuanto se sale de España, el drama de visitarlos y venerarlos, desaparece). Hay una pequeña tienda a la entrada con ediciones conmemorativas de los románticos ingleses más conocidos, postales, etc., también hay huchas diseminadas por los muros, para hacer donativos al cuidado de los gatos que habitan entre las lápidas. Hay unas esculturas preciosas en otras tumbas, una placa conmemorativa a Percy Shelley, un banco de madera ante las tumbas de Keats y Severn. Y el respeto que se respira allí, también es digno de mención. Es fácil encontrar mapas en línea que sitúan este preciado pequeño lugar en el mundo, en la esquina derecha del recinto dejando a la espalda la pirámide de Cayo Cestio, no tiene pérdida. Hay un algo imantado que arrastra hacia ese punto nada más llegar, quizá sea sugestión pero la sensación es la de estar muy cerca de algo sagrado, la emoción es real, la de los visitantes que no pasaban por allí de casualidad. Es indescriptible, en cualquier caso, que siga inspirando generaciones desde 1821.








Es conveniente comprobar los horarios antes de ir, tanto del cementerio como del otro lugar de visita obligada y que suele pasar desapercibido a pesar de su inmejorable ubicación: la casa-museo en Plaza de España, 26: el lugar donde vivió Keats desde septiembre de 1820 en Roma, y donde finalmente murió el 23 de febrero de 1821.

El edificio se encuentra situado a la derecha de la famosa escalinata si uno la mira desde abajo de frente: es el primer portal, y se dice que Keats se entretenía con el bullicio de la plaza y la fuente durante sus últimos días de vida. En aquella época, era habitual que los muchachos más apuestos se sentaran en esas escaleras para que los escultores y pintores los eligieran como modelos.

El Vaticano ordenó quemar todos los muebles y objetos de la habitación de Keats tras su muerte. Pero a pesar de las zancadillas eclesiásticas, años después se fundó el museo y se consiguió mantener en pie el edificio, por lo que hoy en día se pueden visitar estas habitaciones con pocos cambios, o más bien respetando la esencia. Las donaciones y ampliaciones que se han ido consiguiendo con el paso de los años, lo han convertido en un museo que no sólo se centra en la vida y obra de Keats (aunque sí es quien afortunadamente tiene el  mayor protagonismo), sino que podemos encontrar cartas, poemas manuscritos, utensilios, primeras ediciones de sus obras (algunas firmadas por los autores), relicarios con mechones de pelo y muchas otras reliquias de Keats y coetáneos como Shelley, Mary y Byron, a pesar de que estos jamás visitaron a Keats en esa casa y de que en ciertos momentos existió rivalidad entre ellos: nada se dice de esto en el museo, de las burlas o de cómo Keats logró la fama gracias a su talento a pesar de sus orígenes humildes y de no poseer riquezas y títulos nobiliarios como el resto del “grupo” en el que ahora se le incluye, en cierto modo, erróneamente. Cómo no ceder a la tentación y comprarse la camiseta en la minúscula tiendecita del museo, pero es curioso pensar qué opinarían sobre la misma Keats, Byron y la pareja Shelley, en fin. Otra sorpresa genial que aguarda dentro del museo son algunos fragmentos manuscritos de Oscar Wilde, procedentes de sus cartas y artículos.

La entrada al museo cuesta solamente 5€, y se puede permanecer dentro tanto tiempo como se desee; en cuanto al cementerio, la entrada es libre, si bien hay carteles que solicitan un donativo de al menos 3€ para el mantenimiento del mismo (sin olvidar los donativos para los preciosos felinos que vigilan y cuidan).














Otro destino relacionado con la literatura en Roma, y que tampoco aparece en las guías de viaje, es la Biblioteca Angelica, se encuentra muy cerca de la Plaza Navona, en la Plaza de San Agustín 8. Fue inaugurada en 1604, la primera biblioteca pública en Italia, fundada por el obispo agustino Angelo Rocca, de la que procede su nombre. Posee multitud de tesoros bibliográficos pero aunque está abierta al público no está preparada para la visita como tal: el personal de la entrada deja pasar a regañadientes, insisten en que no saques más de una foto sin flash y vigilan para que te vayas rápido. No se puede pasar más allá de la entrada, prácticamente, pero es suficiente para perder el aliento por unos instantes, merece la pena.




Roma es inabarcable, yo estuve sólo tres días y por supuesto me quedaron muchas cosas pendientes, pero lo relacionado con Keats, la fontana de Trevi de noche, el café, la pizza y los helados, cómo no, eso está hecho y brindo por ello.

Feliz día de la poesía...



Del texto y las fotografías: 
© Todos los derechos reservados - Mar López, 2017


jueves, 9 de marzo de 2017

Acuario - David Vann



Tenemos entre manos “Acuario”, la última novela de David Vann (aunque una aún más reciente, Bright Air Black, se puede adquirir ya on-line sin traducir, y aún tardará unos largos meses en llegar a España). David Vann es uno de esos escritores con una técnica tan refinada y unos límites éticos tan difusos en lo que respecta a la integridad física de sus personajes, que uno como lector se puede esperar absolutamente cualquier cosa: lo que es siempre seguro es que no defrauda.

David Vann fue una sorpresa en 2010 cuando Ediciones Alfabia nos trajo aquella edición impecable de "Sukkwan Island". Después, y ya a manos de Random House, llegaron otros de sus grandes logros como "Caribou Island", "Tierra" y "Goat Mountain". En las primeras novelas se repetían algunos patrones de los que poco a poco Vann se fue desprendiendo para investigar nuevas formas narrativas que sin embargo siguieron estando a la misma altura en calidad.

Un nuevo Vann entre las aguas
La publicación de una nueva novela de David Vann siempre es una grata sorpresa. Si bien considero que algunas entregas como “Cocodrilo” no han estado a la altura, también hay que pensar que este autor lleva mucho tiempo publicando aproximadamente una novela por año y esto puede estar debido a su gran éxito a nivel mundial y a la presión editorial que puede estar sufriendo.

Desde el comienzo, la pauta era tomar un pequeño puñado de personajes de psicología compleja y aislarlos de la sociedad llevándolos a regiones remotas y deshabitadas, que además solían tener climatología adversa (mucho calor, mucho frío) en las que la vida humana resultaba un reto.

La novedad en “Acuario” estriba en una nueva forma de renunciar a la sociedad estando inmersa en ella: despoja a sus personajes del dinero suficiente, convirtiéndolos así en ciudadanos de segunda categoría, pasando penurias en una casa de protección oficial a las afueras de la ciudad de Seattle. Tenemos a la joven protagonista de la novela, Caitlin, de 12 años y a su madre, Sheri Thompson, que trabaja manejando grandes contenedores con una grúa a las afueras de la ciudad, con unos turnos intempestivos y que además arrastra un doloroso pasado.

Efecto acuarela
El comienzo de “Acuario” parece estar tamizado por uno de esos filtros de imagen de efecto acuático, la pequeña Caitlin observa el mundo como a través de unas gafas azul líquido. Se hacen continuas referencias marinas que harán muy felices a los lectores enamorados del medio acuático. Las descripciones de los peces en sus detalles más curiosos y los tanques enormes del acuario de Seattle desprenden un profundo amor por el reino animal, marino en este caso.  Bajo esta premisa termina como tal la infancia de la niña, los acontecimientos se precipitan y su edad resulta escasa para estar a la altura de situaciones que difícilmente puede entender. En este momento, las cálidas y tranquilizadoras referencias marinas desparecen casi por completo de la narración y de pronto todo resulta como un golpe contra el seco asfalto: complejas relaciones familiares, un pasado no resuelto y unas situaciones que en mayor o menor medida a todos nos pueden ser conocidas.

Uno de los rasgos que caracteriza a la pequeña Caitlin es la bondad, y la forma de rehuir la realidad que se le impone es “sumergirse” de forma casi material (suele suceder cuando tiene ataques de pánico), un gesto doloroso que inevitablemente nos recuerda a la maravillosa “El gran azul”, la película sobre apnea de Luc Besson.

La adolescencia puesta a prueba
Para cualquier escritor es un reto ponerse en la piel de personajes infantiles o adolescentes, muchos olvidamos fácilmente con los años los sentimientos encontrados que suelen marcar esa etapa llena de cambios que parece interminable mientras aún se está en ella. Es remarcable la perfección con la que Vann se pone en la piel de la madre y la hija en sus diferentes edades y circunstancias, entra y sale a placer: la forma en que ambas reaccionan ante las mismas situaciones, etc. Es destacable también cómo el universo adolescente, tan complejo y cambiante, está perfectamente representado.

Toda la novela está narrada en primera persona por la misma Caitlin, que recuerda esa época que marcó un antes y un después en su vida mientras la observa ya desde lejos y a salvo, veinte años después. De esta forma, obtenemos casi un personaje más, puesto que sus oportunas intervenciones, puntualizando los acontecimientos que va narrando, hace que tengamos una visión de aquellos hechos con muchas perspectivas confluyendo.

La dureza de las situaciones familiares se complementan a la perfección con la llegada de la india Shalini, una compañera de clase de Caitlin, que aporta un contrapunto cálido y acogedor que además le sirve a Vann para reivindicar importantes situaciones sociales que aún siguen estando mal vistas en sociedades supuestamente modernas, pero no vamos a desvelar la trama ni los sorprendentes giros argumentales que nos depara.

Conclusiones finales
“Acuario” me ha gustado tanto, que la incluyo sin dudar entre las mejores entregas de este admirable autor. Antes de llegar a la mitad de la novela los personajes ya están contra las cuerdas de sus propios límites, el lector paralizado por el espanto pero por ese interés morboso tan humano, deseoso aún por seguir leyendo: “Acuario” es, sin ninguna duda, David Vann en estado puro.

El escenario donde se desarrollan los acontecimientos es la ciudad de Seattle, en el estado de Washington, EEUU: el lector curioso podrá acceder a información on-line sobre el acuario de la ciudad, que existe realmente y resulta clave dentro de esta trama; y, ya puestos, investigar sobre la larga tradición cultural de la ciudad, cuna del grunge.

Muy recomendado, en fin, una edición bastante impecable y con una buena cantidad de frases remarcables, es una de esas buenas novelas que invitan a la reflexión y que nos sigue acompañando aún después de cerrar el libro.

lunes, 20 de febrero de 2017

El terror en la literatura - H.P. Lovecraft


Una recomendación exprés. Se lee en una tarde, y no descubre nada nuevo en cuanto a literatura clásica gótica y de terror se refiere, pero resulta una lectura de lo más agradable, sin olvidar que es el mismo Lovecraft quien nos está recomendando a sus favoritos.

Se trata de un breve ensayo de literatura que recorre cronológicamente los grandes hitos, desde las primeras novelas del género hasta aproximadamente el momento en que este libro fue escrito, y teniendo en cuenta que Lovecraft murió en 1937 es hasta divertido leerlo desde esta perspectiva detectando datos como "WB Yeats es uno de los mejores escritores vivos" (lo que produce una leve nostalgia inmediata por no haber vivido tiempos previos a nuestro nacimiento, especialmente aquellos en los que se alcanzaron cotas muy altas de perfección literaria y habríamos podido conocer a nuestros autores más queridos, o coexistido al menos en el mundo con ellos). Y es delicioso leer los fragmentos en los que Lovecraft ensalza los aciertos de los autores pero a la vez señala con mano dura todas aquellas cosas en las que fallaron.

Al mismo tiempo, no es tan divertido detectar que solamente se nombra a tres o cuatro autoras, que una de ellas es la consabida Mary Shelley y que de haber sido este ensayo escrito en 2017 la cosa no habría cambiado tanto. Enjoy.

lunes, 6 de febrero de 2017

El instante preciso en que los destinos se cruzan - Angélique Barbérat



Esta novela encaja en la línea de novelas románticas para adolescentes, más en concreto tiene todas las características de una fan-fic. Se trata de una novela larga de más de 400 páginas dividida en multitud de capítulos muy breves, letra grande, amplios márgenes y una prosa muy poco elaborada. Es decir, que está configurada para captar la atención del lector que no busca nada más allá de un bonito desenlace: el tipo de libro que jamás leo.

Pero esta reseña surge por la colaboración con la web Edición Anticipada, en la que internautas con cierta visibilidad en diferentes canales (vídeo, blog, etc.) pueden suscribirse y solicitar ejemplares de los libros que cada poco tiempo se van ofreciendo. No tengo marcada la casilla de novela romántica ni juvenil entre mis preferencias, aún así es el tipo de libro que más habitualmente se ofrece, y solo por probar, pedí este.
Aclarado esto, y aunque sólo sea por ejercicio y diversión, vamos a ver un poco mejor por qué no me ha gustado y qué partes buenas quiero destacar, ya que también las tiene.

Al parecer, este libro fue autoeditado en Francia con bastante éxito, de ahí que un sello editorial se interesara por él y que haya llegado también la traducción a España. A grandes rasgos, hay que decir a su favor que Angélique Barbérat se ha esforzado por escribir una novela bonita. Es decir, creo que está llena de fallos y en conjunto es muy floja, pero  bueno, no parece tener muchas pretensiones y en todo caso, es inocua.

Una de las características más llamativas es que trata el tema de la violencia machista: la dura realidad inevitablemente filtrada en las ficciones. Creo que el tratamiento está bien llevado, puesto que se parte de un personaje femenino fuertemente sometido desde la infancia, con un entorno de mayoría masculina, heteropatriarcal y una madre igualmente machista y con la voluntad suprimida. La joven no conoce otra realidad y nunca se le da la opción de conocer gente, salir fuera de su pequeño entorno, estudiar, etc.: antes de cumplir la mayoría de edad se la arroja en brazos de un marido maltratador que sabe mantener las apariencias de puertas afuera y tiene mucho dinero.

La diferencia con la mayoría de libros románticos dirigidos al mismo público es que en este, la mujer es consciente del peligro de su situación, si bien no sabe cómo salir de ella (psicológicamente, esto es totalmente normal y explicable). Es más, gracias a una serie de casualidades tendrá la opción de salvarse y alejar también del peligro a sus hijos. Esto es muy loable. En otros best-seller muy conocidos, la chica siempre perdona, justifica al maltratador, cambia de vida desoyendo los consejos de su entorno, se aleja de su familia y amigos coaccionada por su pareja, etc. Lo que pone los pelos de punta es que estos libros se lean (¡y se disfruten!) como si tal cosa, y que las actitudes aprendidas entre líneas se trasladen al escenario de la vida real y se permitan en las relaciones sentimentales de los lectores, que han aprendido que el machismo es “normal”. Las consecuencias de esto son vidas estigmatizadas para siempre, o un desenlace fatal, ¿cuántas mujeres murieron en España en 2016? En feminicidio.net hablan de 105, también nos recuerdan que el 016 es un número gratuito de ayuda a la mujer maltratada y que no deja huella en la factura telefónica.

El mensaje que quiere transmitir Barbérat es muy pertinente, como vemos: el empoderamiento de la mujer, el rechazo total y absoluto al maltrato machista en todas sus formas, la búsqueda vital de la belleza, la paz y la no violencia, etc. Son las formas lo que dan al traste con tan buenos propósitos. No se puede tomar en serio una novela si parece una de esas fan-fic tan populares en las redes, como decíamos. Recordemos que una ficción de un seguidor o fan-fiction, que es de donde proviene el término, es la historia que escribe un seguidor que en su fantasía literaria llega a conocer a su ídolo y a tener un romance idealizado con él.
En este caso, la casualidad conduce a la joven mujer maltratada a los brazos de un famoso artista (sensible, talentoso, hermoso y dispuesto a ayudarla a salir de su peligrosa situación), las casualidades son tantas y tan forzadas que destrozan por completo una trama ya de por sí inestable.

Un importante aspecto negativo que se deriva de esto es que, si bien la chica tiene opciones para escapar del maltrato, las tiene siempre y cuando pase a depender emocionalmente de otro hombre, y esto es indefendible, por muy perfecto y pacífico que sea el segundo candidato. Es decir, me hubiera gustado que se hubiera apostado con este personaje hasta el final, y tuviéramos una protagonista que fuera cien por cien un ejemplo a seguir, y no se quedara todo en una lucha desvaída por el “sí, pero…”

No me ha gustado el uso del viejo truco psicológico de los capítulos extremadamente breves y simples, que se leen rápido, en absoluto obligan a hacer una lectura pausada y reflexiva, ayudan a pasar páginas muy deprisa y consiguen mantener vivo el interés del lector. La conclusión es que es un libro para personas que leen poco, o que leen mucho y mal, en una comparación con el cine esta sería una novela de serie b.

“Leer cualquier cosa mientras se lea” me parece un error, este tipo de novelas y otras peores pueden configurar muy mal las delicadas mentes en crecimiento de lectores jóvenes, o ayudar a enquistar en sus concepciones insanas sobre las relaciones las mentes más maduras. Creo que sólo se pueden leer siendo muy conscientes de lo que se tiene entre manos, casi como una prueba vívida de lo pueril que es esta sociedad: “El complejo de Telémaco” de Recalcati explica esto muy bien, y antes que a Barbérat aconsejo echarle un vistazo.

martes, 31 de enero de 2017

El sentido del círculo - Manuel Ortuño



Termino de leer “El sentido del círculo” gratamente sorprendida, porque aunque no se trata del tipo de libro que suelo frecuentar, me ha enganchado y entretenido. Al principio me llamó la atención que fuera un libro de crítica social a través del humor absurdo. Sinceramente, si no hubiera habido algo más allá del humor, no creo que lo hubiera empezado. No soy una de esas personas de risa fácil, es más, incluso puede llegar a molestarme ver cómo otras personas se ríen con facilidad por soberanas tonterías. Por no hablar de las risas histéricas, chillonas, estridentes o molestas en general… mejor volvamos al libro.

Es una novela fácil de etiquetar pero se hace difícil describirla un poco más allá. Podría decirse que es el resultado de coger un chiste de Lepe, conformar todo un entramado de novela en torno a él, dotar de consistencia el absurdo, crear todo un pequeño mundo (escenarios, personajes, situaciones y un hilo argumental) girando alrededor de esa idea… y hacer que entre líneas se filtre la crítica social, sin llegar a mencionarla directamente.

Algo que destaca es que está muy bien escrita, y que a pesar de estar publicada en una editorial poco conocida, la presentación física es buena y no tiene muchas erratas (y las que se encuentran no son ortográficas, sino errores de tecleado). Su autor, Manuel Ortuño, ha publicado también poesía y relatos cortos, algo que no sorprende después de leer algunos fragmentos especialmente rítmicos y elaborados que se encuentran salpicados por toda la novela. También me ha gustado que mantenga el pulso narrativo sin flaquear desde el principio hasta el final: sinceramente, aunque es una novela humorística no resulta inoportuna, el trabajo para esbozarla y llevarla a cabo es digno de admiración. Un fragmento:

El cementerio es un inmenso panal humano de planta horizontal que se extiende a las afueras de la ciudad y que ocupa una superficie aún mayor que ésta. Lo pueblan todo tipo de seres extraños, todos ellos inánimes, silenciosos y discretos, todos ellos apáticos, todos ellos muertos. Cuando algo parecido a la vida se escapa por alguna grieta, resquicio o hendidura, la soledad y el silencio que allí imperan se encargan rápidamente de acallarlo o ahuyentarlo a patadas.

Cada capítulo se inicia con una descripción del lugar en el que va a desarrollarse la escena, con un tono similar a este fragmento. Después, el capítulo como tal es una sucesión de disparates encadenados, que adquieren sentido dentro del “universo paralelo” creado en la novela. En ese lugar, tener un reloj que funcione y marque la hora es un suplicio, por eso la aparición de alguien que los rompe a martillazos es todo un acontecimiento, la gente hace cola para que destroce el suyo, le dan las gracias entre lágrimas, etc. Otro detalle es que el sistema del funcionariado no es tan diferente al que todos conocemos, ya que está lleno de sinsentidos y montones de trámites absurdos que no sirven para nada. Sin embargo, las vueltas de tuerca que se le dan a placer dentro de la novela, terminan de convertirlo definitivamente en un compendio de ventanillas y formularios completamente desquiciado.

Otra cosa que me ha gustado es el final, que no desvelaré. Mientras leía, tenía mis dudas acerca del desenlace, porque un mal final podría dar al traste con una novela que me estaba interesando. Pero un buen final, como es el caso, la convierte en una novela amable, en absoluto pretenciosa, que entretiene y que le echa un pulso amistoso a la capacidad de cada lector para dejar que el mundo que conoce dé unos cuantos brincos y piruetas, que todo se descoloque sin que le haga perder los nervios y que, a cambio, se eche unas risas.

A veces dejamos que la realidad se imponga, simplemente por permitir y dar por hecho que las cosas sean como se nos han dicho que son. Quién sabe, quizá existan muchos más absurdos de los que detectamos, y convendría detenerse lo necesario para identificar todo aquello que está mal, salir del círculo y valorar qué está pasando dentro.

viernes, 27 de enero de 2017

Pequeños tratados - Pascal Quignard



Una vez más, en Sexto Piso se encargan de rescatar parte de la prolífica obra de Pascal Quignard en una edición impecable. En este caso, se trata de una obra en dos volúmenes presentada dentro de un pequeño cofre de cartón forrado. Los “Pequeños tratados” proceden de un proyecto artístico que quedó interrumpido en la década de los 70 como explicaremos a continuación, y mantienen la vigencia en los temas que son característicos en el resto de obras del mismo autor.

Muchos conocimos a Pascal Quignard cuando en 2010 se presentaba la magnífica “Butes” a manos de Sexto Piso, una editorial de culto que camina con paso firme. La obra de Quignard se encuentra muy dispersa en multitud de publicaciones diferentes, y en concreto, estos “Pequeños tratados” no estaban disponibles en español hasta el momento. La traducción corre a cargo de Miguel Morey (“Deseo de ser piel roja”) y ese sin duda es un signo de calidad.

Ocho tratados barrocos
Esta obra está concebida como ocho tratados independientes que siguen de alguna manera un hilo común. La idea inicial fue publicar una tirada corta de lujo, que estaría ilustrada por un colega de Quignard, allá por los años 70. Por desgracia, Louis Cordesse, que así se llamaba el artista, murió antes de que el proyecto pudiera llevarse a cabo; una galería de arte publicó los tres primeros tomos y los otros cinco quedaron durante años en el cajón. Es por eso que la obra permaneció en el olvido y una de las pocas ediciones que podían encontrarse hasta ahora era una en francés en dos volúmenes y formato de bolsillo.

Quignard ha publicado en su mayoría obra ensayística, y el formato que nos encontramos aquí es un híbrido que lejos de encajar bajo la etiqueta de “citas filosóficas”, “pensamientos”, “pequeños tratados”, etc., se encuadra más rápidamente en el “estilo Quignard” que podrán reconocer sus lectores más fieles.

No existen lectores profesionales. No existen escritores profesionales. Lo que une a la madre con el hijo no es la relación del maestro con el aprendiz.

Se trata de ideas enlazadas que giran en torno a los temas que más le obsesionan. La escritura, el lenguaje y el silencio son algunas de las piezas clave de las que partir para empezar a comprender su obra, puesto que un trastorno relacionado con el autismo marcó sus años de juventud y la escritura fue la herramienta que le reconcilió con las palabras precisamente por no tener que pronunciarlas en voz alta.

Los límites del lenguaje
Encontramos por ejemplo muchas reflexiones acerca de la música, del origen de las palabras y sus significados bajo enfoques que difícilmente se nos ocurrirían, nos invita a pensar sobre los límites del lenguaje y el poder de los términos que usamos. También, por ejemplo, hay cabida para la historia del libro como objeto capaz de transmitir el lenguaje escrito, el origen de los signos de puntuación, o la relación de los hombres con los libros a través del tiempo, en un alarde de antropología, historia y sociología a la altura de la vasta cultura de este imponente autor.

Resulta difícil describirlo porque él mismo se esfuerza en resultar inaprehensible. Se trata de un virtuoso del lenguaje, un maestro con una cultura tan amplia que resulta abrumadora; alguien capaz de escribir casi sobre cualquier tema, trazar un sinfín de pensamientos errantes cazados al vuelo y no perder interés ni estilo en el intento.

Como referencia, podemos citar algunas de sus obras relacionadas como “El sexo y el espanto” o “El nombre en la punta de la lengua”, en las que también se recrea sobre las cuestiones relativas a lo que sucede antes de nuestro nacimiento y el secreto poder que encierran las palabras, temas que aparecen una y otra vez en sus escritos.

Por qué Quignard es uno de los grandes
Decimos que se trata de un autor genial, inclasificable y esquivo y como tal se refleja en una entrevista transcrita que recogen estos volúmenes: da la total impresión de encontrarse fuera del mundo real que los demás conocemos. Pero sin duda, lo que tenemos entre manos es un estallido de erudición, una cantidad ingente de referencias históricas, lingüísticas, mitológicas, antropológicas, etc., que consiguen dejar al lector exhausto. Por eso recomendamos leerlo en varias sesiones más cortas. Lleva al extremo el hablar con propiedad y es extremadamente cuidadoso en la selección de términos.

—¿Cuando escribe, piensa usted en la totalidad de los libros, en tal o cual biblioteca, en las estanterías en las que sus libros están ordenados?
—Pienso en un tono y una sombra. Y en una mirada que brilla, tal vez, atenta, en el fondo de este silencio. Como un animal que acecha una presa invisible. Y me engaño una y otra vez creyendo que destruyo la estantería a la que usted se refiere. Cuando escribo, me gustaría alimentar una ilusión como ésta: que presto oído al silencio que la lengua despliega por defecto, que renuncio a esta piel impregada de huellas y de sangres retóricas, que abandono la voz engrosada, la misma voz primera que abraza los timbres, las articulaciones y los ritmos convenidos (…)
Pero por encima de todo, es absolutamente lírico, por lo que es una experiencia leerlo. Por eso la traducción en este caso era tan determinante. No es sólo que todo cuanto quede plasmado sobre el papel sea exacto sino que además posea sonoridad y ritmo. Magia. Por eso Quignard es uno de los grandes. Me fascina, y espero haber sabido transmitirlo.

jueves, 26 de enero de 2017

Cinco expresiones que odio



1.- Salir/permanecer en la zona de confort
Creo que no necesita demasiada explicación. Apesta a manual de autoayuda y al escucharlo da la impresión de que quien lo usa no ha viajado demasiado y/o tiene miedo a hacerlo.

2.- (Adjetivo) no, lo siguiente
Alguien que utiliza esta expresión denota un léxico pobre y/o lentitud mental para escoger un término apropiado. A veces incluso se utiliza de forma encadenada (lo siguiente, no: lo siguiente, no: lo siguiente, etc.) y es entonces cuando definitivamente debería ser delito.

3.- “La dije que”, “te le mando”
Los laísmos y leísmos son tan dolorosos para el oído como el grito de una banshee. Tan fácil como identificar qué funciona como complemento directo o indirecto en la frase, para elegir así el pronombre adecuado en cada caso.

4.- “Tienes mala cara, ¿te pasa algo?”
Y tú, ¿tienes algún problema con las habilidades sociales? En serio, los comentarios negativos o las opiniones no solicitadas… ¡guárdatelas! ¡No las digas en voz alta! Es muy desagradable. Estas situaciones suelen traerme a la mente esta frase: “Please don’t disturb, I’m disturbed enough already”, algo así como “por favor, no me molestes, ya estoy lo suficientemente molesto”.
Esto sería extensible a los comentarios (supuestamente) positivos pero provenientes de personas desconocidas, esto es, acoso sexual callejero. Simplemente, NO lo hagas. No hay discusión posible sobre esto. No, nunca, en ningún caso.

5.- “Les quiero compartir; les comparto”
¿Que me compartes a mí...? ¿¡Con quién, con qué!? Una de tantas incorrecciones sudamericanas que se está asentando cada vez más, muy habitual entre bloguers, video bloguers y youtubers. Con lo fácil que es un sencillo “me gustaría compartir con vosotros algo; quiero compartir contigo algo”, etc.

Hay muchas más; por hoy es suficiente.


miércoles, 18 de enero de 2017

"El rey de los trasgos", de Angela Carter (fragmentos)

(...)

Encontré al rey trasgo sentado en un tocón cubierto de hiedra, devanando a todos los pájaros del bosque con un carrete diatónico de sonido, una nota alta, otra baja; una llamada tan dulce y penetrante que acudieron alegremente y a empellones. El claro estaba lleno de hojas secas, algunas de color miel, algunas de color escoria y algunas de color tierra. Él parecía hasta tal punto el espíritu del lugar que no me extrañó que el zorro apoyara el hocico, sin miedo alguno, en su rodilla. La luz marrón del final del día desaguaba en la húmeda y densa tierra; todo en silencio, todo inmóvil, y el frío olía a la noche que ya se acercaba. Cayeron las primeras gotas de una tormenta. En el bosque no hay más refugio que la casita del rey trasgo.
Así fue como entré en la soledad embrujada de pájaros de aquel ser, que encierra a sus cosas aladas en jaulas tejidas con mimbre para que le canten.

(...)

La blanca luna que flota sobre el claro ilumina fríamente la tranquila escena de nuestros abrazos. Qué dulcemente deambulo o, más bien, solía deambular cuando era la hija perfecta de las praderas del verano; pero entonces al año cambió, la luz se volvió más clara y yo vi al delgado rey trasgo, alto como un árbol, con pájaros en las ramas, que me atrajo hacia él con su lazo mágico de música inhumana.
Si encordara ese viejo violín con tu pelo, podríamos bailar juntos al son de la música mientras la exhausta luz del día zozobra entre los árboles; tendríamos mejor música que los agudos cantos nupciales de las alondras apiladas en sus bonitas jaulas mientras el techo cruje por el peso de los pájaros que tú has atraído mientras nos arrojamos a tus misterios profanos bajo las hojas.
Me desviste hasta mi desnudez plena, esa piel de satén aperlada color malva, como un conejo desollado; luego me vuelve a vestir en un abrazo luminoso que me circunda por completo, como si fuera de agua. Y derrama hojas secas sobre mí, como al arroyo en el que me he convertido.













La cámara sangrienta
Angela Carter
2014, Editorial Sexto Piso
Enlace aquí
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