viernes, 19 de junio de 2015

"Ángeles fósiles" - Alan Moore


Tenemos entre manos una obra de uno de los genios más brillantes –y oscuros a la vez– que conocemos, Alan Moore. El autor de “V de Vendetta”, “From Hell”, “Watchmen” o “Promethea” tiene algo importante que decir sobre la magia y sobre el arte, de modo que cuando terminemos de leer “Ángeles fósiles” sepamos por qué ambos pueden llegar a ser lo mismo.

Es una gran suerte que los lectores más exigentes, cultos y amantes de lo extraño puedan contar con la editorial La Felguera. Qué sería de ellos sin esas presentaciones de libros atípicas por las calles de Madrid a la luz de la luna, ese gusto por los envíos de libros con regalo adjunto de utensilios raros, ese afán por rescatar del olvido los textos más controvertidos, contraculturales y oscuros que uno pueda imaginarse… Bienvenidos a un éxito más. Con ustedes, el genio: Alan Moore.

Que alguien encienda la luz

Vamos a adentrarnos en las catacumbas de lo maldito, en el baúl de lo olvidado, en el pasillo de los libros prohibidos, en el recuerdo de otro tiempo en el que la filosofía oculta significaba otra cosa. Y quién mejor para darnos la bienvenida que Servando Rocha, mientras nuestros ojos se acostumbran a las pupilas dilatadas.

Servando nos explica con calma y elegancia cómo empezó todo: cómo el cristianismo arrasó los encantadores cultos paganos más antiguos, de qué herramientas se sirvieron para convencer sembrando el terror… y de cómo fueron surgiendo otras corrientes (ocultas y siempre perseguidas) que seguían la estela de los ritos antiguos y entendían la vida de otra forma: cómo muchas veces todas esas otras maneras de hacer las cosas derivaron en la alquimia y la búsqueda de la piedra filosofal. Y en qué ha terminado por convertirse el ocultismo en nuestros días.

La introducción es magnífica, sobria y contenida; es el discurso del profesor cultivado que sabe transmitir sus conocimientos y del que sus alumnos sospechan (están seguros) que acumula mucha más información de la que les proporciona: quizá no es el lugar, quizá no es el momento… quizá ya deba tomar la palabra Alan Moore.


Y la oscuridad se hizo

Resulta obvio que Alan Moore sabe muchísimo más sobre filosofía oculta de lo que expone en este libro. De hecho, no se puede ser un simple curioso y escribir algo así, dando tantas ideas y aportando tanta luz a la materia como él hace. Es más, a lo largo del libro Alan Moore se luce continuamente haciendo una exposición ágil y rápida de referencias cultas sobre la materia, oportunas y realmente divertidas. Párrafos repletos de citas a autores y a sus obras, a la manera de chistes privados entre ocultistas, lectores y expertos: es delicioso.



Se trata de un libro muy especial que está dirigido a un público realmente amplio, aunque a primera vista no lo parezca. Por un lado, no profundiza demasiado en asuntos ocultistas, eso queda para otros libros; y, por otro, enfoca de forma directa la magia al mundo del arte, precisamente para abrir esa rama del conocimiento a nuevos formatos y posibilidades, por lo que el público que puede disfrutar y aprovechar este libro, es enorme y muy variado.

Alan Moore deja muy claro que a día de hoy la magia está de capa caída, que las formas tradicionales de manejarla están desfasadas y que poco a poco está condenada a desparecer, al menos tal y como la conocemos, si no hacemos algo por evitarlo.

Otra puntualización importante es que, pese a todos los esfuerzos que se han hecho durante décadas, la magia (como el psicoanálisis, por ejemplo), no es una ciencia, ya que sus resultados no pueden probarse en un laboratorio. Así pues, afirma que una ubicación urgente dentro del arte insuflaría vida a la magia y la dotaría del prestigio del que, a día de hoy, nos guste o no, carece. Es una bonita forma de pasar su testigo a las nuevas generaciones, con este grito de auxilio cargado de buenas ideas.


Antecedentes de este libro

“Ángeles fósiles” fue escrito para la revista de corte ocultista “Kaos”, pero la publicación desapareció antes de que este texto viera la luz. Su propia naturaleza parecía condenarlo a aparecer desde entonces solamente  en algunas otras publicaciones underground de la misma temática, y se convirtió así en un texto de culto, buscado por muchos curiosos y admiradores que sabían de su existencia.

El rescate hace unos meses por la editorial La Felguera ha supuesto un éxito más en su espectacular catálogo, ya que no sólo el contenido es magistral… es que además han hecho una edición de lujo. Profusamente ilustrada y, como ya adelantábamos al principio, con un prólogo (“El hermoso hechizo de los magos anarquistas”) de Servando Rocha que ilumina y dirige al lector por el sendero correcto.


No podemos dejar que “Ángeles fósiles” se convierta en una obra menor de Alan Moore, porque quizá, quién sabe, este libro cambie el rumbo de las cosas, favoreciendo la inspiración a mucha gente que quizá empiece a crear en otras direcciones, entendiendo la magia como arte y devolviendo de esta forma, (según los deseos de Alan Moore) los poderes chamánicos que los magos tenían al principio.

Y aunque no estemos de acuerdo absolutamente en todo lo que Moore afirma, sí podemos utilizar esta lectura como herramienta para hacernos preguntas que reafirmen o pongan en duda nuestras convicciones acerca de esta materia. Quizá sea hora de dar al traste con toda esa supuesta magia efectista y abrumadora, que llena páginas y publica horóscopos: magia maltratada, como deja claro Alan Moore en este libro. La magia es otra cosa, algo más intenso y precioso, que cada uno debe descubrir por sí mismo. Quizá, como comienzo para profanos,  solo sea la vida, cuando uno decide vivirla de verdad, y no pasar de puntillas por ella, bordeándola.

Reseña publicada originalmente en la revista de crítica literaria "Mar de Tinta".

domingo, 14 de junio de 2015

De "Volver y cantar", Luis Suñén

"Aquello que hoy recuerdas está escrito en alguna parte" (de "Sol y tapias", pág. 11)

DO UT DES
Tuviste suerte
cuando, al nacer,
la vida te dijo
y ha cumplido
que te daría tanto
como recibiera de ti.
Hoy sólo vagamente
recuerdas sus palabras
y ella insiste:
una amenaza,
un don a veces.
(pág. 32)

THE RESURRECTION
El cuadro muy de ese momento
que me hubiera gustado vivir
de principio a fin
representaba a los muertos
saliendo de sus tumbas
el día de la resurrección.
Salían como aturdidos,
sin haberse despejado del todo
del sueño que muchos habían creído eterno,
desperezándose, quitándose de encima un velo
que podría ser la placenta de la tierra
que primero se tragó su carne
y luego separó sus huesos
como en una infantil
lección de anatomía.
Unos dejaban los panteones familiares
decorados con el lujo que
seguramente no disfrutaron en vida.
Otros llevaban pegados todavía
pedazos de barro,
rastros vegetales.
Eran los enterrados directamente
en el suelo del cementerio, sin caja
ni lápida, los más pobres,
y habían servido como humus cálido y acogedor
a los rosales y a los brezos.
Había también negros
que conservaban un cuerpo fuerte y anguloso,
como si el músculo hecho en el trabajo
muchas veces atroz hubiera
sobrevivido al esfuerzo, más aún,
se hubiera reforzado bajo tierra,
tomando el mismo alimento
que yerbas y gusanos.
Todos salían sin dolor y los ayudaban
los últimos vivos,
aquellos que no habían tenido que morir
porque el día de la resurrección los pilló todavía
en el mundo,
trabajando, durmiendo,
acostados con sus hombres o sus mujeres,
ordeñando a los animales,
quizá robando o levantando
falso testimonio.
Sus rostros reflejaban los de todos
la alegría de encontrarse con sus padres
tal vez con los hijos muertos antes que ellos
en la decisión más atroz de la naturaleza
de ver de repente el cielo de su pueblo
y en sus descendientes su propio rostro,
las marcas familiares heredadas de generación en generación,
y sus casas, los árboles, aquello
que un día fuera suyo,
que ganaron con su trabajo
y que no necesitarían nunca más,
acudían las mujeres terminándose de atar los delantales
y los hombres limpiándose la grasa
en sus monos azules, sudando todavía,
asombrados de lo que veían,
serenos también porque
sabían que el momento habría de llegar,
que los vivos recibirían a los muertos.
Había desaparecido el pavor de los sermones
porque la resurrección no era
un alarde de trompetas
ni un repicar de truenos y el fuego
no aparecía por ninguna parte
y nadie pensaba, entre tanta
alegría, en el Juicio,
por eso los hombres y las mujeres,
se abrazaban olvidando las riñas de la noche,
los gritos de los niños más pequeños,
las quejas de los ancianos o de los enfermos,
la mano levantada contra el otro,
el oído del vecino impertinente,
la envidia y la maldición.
Los muertos que volvían a la vida
no recordaban sus fracasos,
ni su vivir como
la sucesión de la suerte o la desgracia
sino como aquello que les había
esperado, perfecto ya
en su anhelo, olvidando
dónde estarían
los que no merecieron
la vida eterna
y sabiendo que
al fin todo era ya
principio para siempre.
(pág. 28)

jueves, 11 de junio de 2015

"El nombre en la punta de la lengua" - Pascal Quignard


Observo que existen varias formas de escribir. Una podría ser aquella en la que el escritor recibe una inspiración que le procura un comienzo estupendo, o una idea de partida genial, y que se lanza a ella atolondradamente dando lugar a una obrita que podría haber sido algo estupendo. Un "pero si lo teníamos todo" que sólo sacia a los lectores menos exigentes que son la mayoría.

Por otro lado tenemos esos libros que están llenos de conjuros huecos. Invocaciones vacías. Sucesiones interminables de más y más páginas repletas de sonidos, de ecos, de ideas, de brillos y reflejos, de palabras bonitas. Son esos que saben que disponen de un material a su alcance (el lenguaje) con el que podrían tejer magníficas obras literarias. Saben también qué buscan los lectores hambrientos de palabras que les lean por dentro: y les engañan, poniendo ante sus ojos libros que parecen ser aquello que están buscando. Pero nadie sabe de verdad qué contienen esos libros, porque ni el autor mismo sabe en realidad qué ha escrito. Y tampoco le importa, porque ha elaborado un discurso convincente con palabras llamativas, y vende mucho, y también satisface a esos lectores superficiales que también son la mayoría.

Finalmente tendríamos la Literatura, la de verdad. Aquella que habita entre las páginas de los libros que no gustan a la mayoría, son más difíciles de leer, exigen de toda nuestra concentración. Las palabras que los conforman están escogidas con cuidado de geisha, con habilidad de prestidigitador, con paciencia de jardinero, con cariño de madre. Son los únicos libros que nutren a los lectores más exigentes que son menos pero por suerte existen.

"El nombre en la punta de la lengua" pertenece a esta tercera categoría y creo que es uno de los mejores libros que he leído en todo este año. Bien dice Pascal Quignard que "no sabemos qué sorpresas nos deparará el pasado". Este minúsculo tratado revela los motivos de los silencios de Quignard para quien sepa descifrarlos.

Quignard se sumió en dos largos silencios durante su infancia. Hay una imagen recurrente que explica la perplejidad que le indujo al mutismo, o la incapacidad de tomar otra resolución que la de estar callado. Esa imagen es la de su madre deviniendo en personaje mitológico fascinante y aterrador, imponiendo el silencio alrededor, concentrada y mutada de sí misma para conseguir atrapar ese nombre que bailaba travieso en la punta de su lengua.

"El nombre en la punta de la lengua" es un libro que hay que subrayar con tinta dorada.

Tenemos dos bloques principales. Tras una advertencia (que no introducción) de Pascal Quignard, encontramos un relato exquisito que procede de los antepasados normandos del autor. Es la historia de la bordadora Colbrune, y de la maldición en la que se sumió mientras se afanaba por conseguir el amor del sastre Björn haciendo trampas.

Todos deberíamos tatuarnos ese nombre...

Un poco más adelante, y ya por completo bajo el influjo de la fascinación, nos encontramos con el "Pequeño tratado sobre Medusa", donde Quignard recrea el viejo mito y establece la relación del mismo con su propia vida.

"Cuando escribo una novela me siento como un ciervo que se aleja y busca la paz en el corazón del bosque". Quignard, escribe por placer poemas en latín.

Comenzó a leer profesionalmente para la editorial Gallimard en 1969 y se convirtió en secretario general de la editorial en 1990. Al mismo tiempo, compaginaba su labor en el mundo de las letras con la música: consejero del Centro de Música Barroca, presidente del Concierto de las Naciones presidido por Jordi Savall, y fundador, junto a François Miterrand del Festival de Ópera y Teatro Barrocos del palacio de Versalles.

Tal y como podemos leer en las solapas de este libro: "En 1992 dejo la prensa y los jurados literarios. En 1993 dimito de la presidencia del Concierto de las Naciones. A finales de 1994 disuelvo el Festival de Ópera Barroca de Versalles y a últimos de abril dimito de las Ediciones Gallimard."

Desde 1994 Pascal Quignard sólo escribe, y lee. Tiene ahora 67 años.

Según ha declarado en entrevistas: "Hace 13 años que dejé la seguridad de un trabajo y corté con el mundo editorial. Los primeros meses, el primer año, es extraño: no tienes citas, comidas, cenas, entrevistas organizadas. Nadie te llama. Hay una cierta forma de venganza, que es lógica, porque si tú has querido alejarte, los demás sienten eso con cierta agresividad. La sociedad tiende a comportarse de manera mafiosa". La negrita es mía: es algo que he comprobado.

"Creo que una de las cosas más tristes, más siniestras que le pueden ocurrir a uno es tener que simular alegría y felicidad todo el tiempo, como esas personas que viven de salir en la pequeña pantalla: me suicidaría si tuviese como oficio el ser feliz por obligación. ¡Qué suplicio!

Pascal Quignard, un tanto tenebroso

miércoles, 10 de junio de 2015

"Diez poetas, diez músicos" - Editorial Calambur


Casi nunca leo antologías, prefiero los poemarios de un solo autor que voy eligiendo en base a recomendaciones, descubrimientos en librerías o boletines de novedades, bibliotecas... pero las antologías (y quizá las desdeñe torpemente porque en ellas puedo encontrar nombres desconocidos de poetas estupendos...) me dan pereza.

Sin embargo esta cayó en mis manos hace unos días y lo cierto es que me llamaron la atención dos cosas: tenía curiosidad por descubrir qué música habían inspirado los poemas (el libro incluye un CD) y por otra parte, Calambur es la editorial que publica a Juan Carlos Mestre (¡veneración!), por lo que me inspiraba confianza.

Pues bien: la música no me gustó en absoluto: todas los temas son prácticamente iguales y no tienen ninguna conexión con el poema en el que se basan, o yo no se la he encontrado. No entiendo por qué los diez recuerdan a operetas repetitivas, simples y tediosas. Creo que en el libro se encuentran poemas bastante buenos que podrían haber inspirado temas musicales verdaderamente preciosos. Precisamente el prólogo lo explica muy bien: música y poesía van de la mano. Indiscutiblemente. Y cuando se tiene la suerte de asistir a un recital poético en el que uno o varios músicos acompañen al rapsoda, cuando ambas partes son profesionales y se crea esa conexión mágica entre ellos, es indescriptible.

Transcribo aquí algunos de los poemas más inspiradores del libro:

*De María Victoria Atencia:

TERNURA
Quizás no sea ternura la palabra precisa
para este cierto modo compartido
de quedar en silencio ante lo bello exacto,
o de hablar yo muy poco y ser tú la belleza
misma, su emblema, aunque tan próxima y latiendo.
Y es también un destino unánime que vuelvan
a idéntico silencio cuando llegue la hora
de la tregua indecible mi palabra y tu zarpa

*De Antonio Gamoneda:
[sin título]
Yo estaré en tu pensamiento, no seré más que una
sombra imprecisa;

habré existido un instante en que la alegría y la piedad
ardían en tus ojos.

Pero también quiero permanecer desconocido dentro de ti.

Desconocido. Simplemente envuelto en tu felicidad.

Tú distraída en tu luz y yo apenas viviente en ella, y
así, imperceptiblemente amado, esperar la desaparición.

Aunque quizá estemos ya separados por un hilo de sombras
y casa uno está en su propia luz

y la mía es la que tú vas abandonando.


*De Clara Janés:

V
La menta y el espliego y el romero,
el hinojo, la salvia, la ajedrea,
el tomillo, la malva, el estragón,
el anís estrellado y el poleo,
la angélica y el boldo, la violeta,
la ortiga y el llantén, la celedonia,
la maría luisa y la verbena,
la tila, el azahar y la artemisa,
la manzanilla, el brezo, la borraja,
la amapola, el helenio, el malvavisco
y también la cicuta.


lunes, 8 de junio de 2015

"Campanas de Etiopía" - David González


Me temo que la de Campanas de Etiopía no es una reseña que deba escribirse en frío.

Podría decir que he hecho una lectura serena y meditativa, pero lo cierto es que he leído de una forma compulsiva y voraz. Leo a David González desde que iba al instituto: han pasado unos cuantos años y esas ansias por devorar palabras, cuando tengo un libro suyo nuevo entre las manos, no me abandonan nunca. La sensación después de leer tampoco cambia: los poemas de David alimentan a puñados violentos esa parte irracional, antigua, profunda y chamánica que habita (estoy segura) en cada uno de nosotros. La despierta y la mantiene alerta hasta la próxima lectura.

La literatura de David González no se parece a nada, y se mantiene siempre fiel a sí misma. No se sale indemne de sus libros: por las cosas que cuenta y por cómo las cuenta, y personalmente creo que de un libro no se puede pedir mucho más. Él es auténtico y sigue su propio estilo, no necesita de ningún clan de palmeros sin personalidad a su alrededor para autojustificarse y sobrevivir: representa todo lo contrario a los mediocres que se arriman al sol que más calienta. Esto lo explica sin tapujos en el poema"Tinieblas":

TINIEBLAS 
autores sin talento
que roban tu luz
para que también
a ellos se les vea
y al final
la triste realidad:

o solo se les ve a ellos
y poco y mal

o no se nos ve a ninguno

se acerca el tiempo de los poetas menores 
charles simic 

Tiene tanta razón, que debería haber altavoces en todas las calles pregonando esto, para eliminar de una vez por todas esa lamentable tendencia. De tan ridículo, es hasta divertido recordar ahora los intentos de burda copia e imitación que unos cuantos han intentado hacer de la poética de David, las falsas lisonjas disfrazadas de amistad para medrar dentro de este estilo realista y visceral (sin tener nada que contar y sin talento para hacerlo), o para publicar en las mismas editoriales de las que precisamente ahora él se despide, veremos si en esto también resulta un ejemplo a imitar. Además de publicar una obra considerablemente extensa en diferentes editoriales, lo que ha hecho David por la literatura en este país es dar voz, con su ayuda, contactos y multitud de antologías, a otros muchos escritores que, lo merecieran o no, no conseguían salir por sí mismos del anonimato.

Uno de los rasgos que caracterizan sus últimos libros, es la inclusión de las citas al final del poema, dotando al texto de una nueva dimensión, enriqueciéndolo con matices añadidos a su significado. Al igual que en "Tinieblas" vemos lo acertada que resulta al final la cita de Charles Simic, en el poema "Tierra" hace lo propio Dostoyevski y, además, ambos poemas, para mí, se dan la mano.

TIERRA 
gente que irrumpe en tu vida
igual que un cohete
prometiéndote las estrellas
y que sale de ella de igual modo
como un cohete
cuando por fin descubre
que tú ya has estado en ellas
en las estrellas

pero has elegido

regresar a la tierra

poseo mi subsuelo 
fiodor dostyevski 


Alguien tenía que decir de una vez lo que pensamos todos. Sin disfraces absurdos ni actitudes teatreras y siempre falsas.

Defiendo y creo en la poética de David porque a pesar de conocerle y encontrarle en todos los eventos a los que hemos podido coincidir desde hace años, nunca jamás me ha pedido nada: ni ha querido comprar reseñas con libros regalados, ni me ha eliminado de su círculo de contactos por no hablar de sus libros en estos mares: no es algo de lo que puedan presumir todos. Por eso también sólo comento aquellos libros y autores en los que creo y de los que disfruto. Este es el único tipo de ejemplo que quiero seguir: el de la honradez, la sinceridad, el trabajo y el agradecimiento. No entiendo la literatura (ni la vida) de otra manera.

¿Por qué recomiendo siempre a David González cuando alguien tuerce el gesto si hablamos de poesía? Porque sus libros son perfectos para empezar a disfrutar de la máxima expresión de la literatura (la poesía) de una manera que cualquiera pueda comprender, ya que son narrativos y lineales, y siempre aguarda al final de cada poema un golpe de efecto magistral e inesperado. Nunca inventa nada que no surja de su propia experiencia, ni habla de cosas que no conoce o en las que no crea. Y si no, hagan la prueba, lean cualquiera de sus libros y luego me cuentan.

A pesar de que, por su propia condición y el tipo de temáticas que trata, parece condenado al malditismo, es un poeta maldito que sin embargo puede presumir de haber servido, en vida, de objeto de un trabajo de fin de carrera: la filóloga Natalia Salmerón Suero ha redactado un estudio de sobresaliente, titulado "Aquello que conservamos después del naufragio", y que de momento puede adquirirse con la compra del poemario "Campanas de Etiopía" a través de la web de la editorial Origami.

Aunque resulta más sencillo definir un estilo o una generación desde la distancia, Natalia analiza a David González con sabiduría y cautela dentro de su contexto, en base a la poesía que se hace actualmente, y ha terminado por definir su obra como "poética de la consciencia", designación con la que el poeta se siente absolutamente identificado y cómodo. Efectivamente, la clasificación dentro de los "poetas de la conciencia crítica" o la "poesía de no ficción" que David defiende desde hace años, sin ser incorrectas se quedan cortas, y lo que ha querido Natalia es transmitir que David da voz a los más desfavorecidos porque ha sido o es uno de ellos, ya que no es lo mismo hablar desde la experiencia propia, que desde el cómodo sillón de la casa familiar con la televisión de fondo y las necesidades cubiertas (aunque la intención sea buena).

"González denomina a su poesía como poesía de no ficción por los temas que trata y por diferenciarse de las poéticas hegemónicas que dominan el panorama literario. Pero, ¿es justo este término? Sí y no: sí, porque su obra no ficcionaliza la realidad y presenta los hechos tal y como ocurren; no, porque denominar un estilo o una tendencia con un término negativo, siendo este vocablo uno de los que definen a la literatura, le hace perder efectividad y, en cierta medida, lo aleja de ella. De mismo modo, pienso que la definición de lo poético, en general, pero concretamente de su poesía debería atender a la impresión que produce, al sentimiento que genera, por lo que términos como poesía de choque, de la evidencia, de la conmoción, del quiebro se ajustarían mejor a la expresión de lo que he denominado poética de la consciencia." 

En su estudio, "Aquello que conservamos...", Natalia realiza un estupendo recorrido por la evolución de la literatura, la política y la conciencia social de España en las últimas décadas, enlazando con acierto esas influencias con las características que definen la poética de David González. También, y sobre todo, destripa y define con precisión de cirujano la obra completa de David, por lo que una lectura a tiempo de "Aquello que conservamos...", puede resultar muy enriquecedora para cualquier lector interesado o curioso. A mí, personalmente, me ha encantado. Conozco bien la obra de David y creo que no deja ningún cabo suelto y, lo que es igualmente importante, redacta con una finura y un respeto implícito que es digno de mencionarse, y agradecerse.

Sinceramente, espero que aunque la publicación de "Campanas de Etiopía" marque la despedida con al editorial Origami, sea posible que los siguientes Cuadernos "Los que viven conmigo", del que estas campanas son su primera parte, vean poco a poco la luz en alguna otra editorial donde encajen mejor este tipo de libros, que les den voz y que sean fáciles de encontrar en las librerías, cosa que ahora no sucede.



Book-trailer del libro "Campanas de Etiopía"

Presentación de "Himno a la picota" de Daniel Defoe, editorial La Felguera


El próximo sábado, 13 de junio, a las 20:00h, en la plaza de Callao de Madrid, la editorial La Felguera planea una presentación del libro "Himno a la picota: de villano a héroe y espía en tres actos" de Daniel Defoe. Al finalizar el acto, se desplazarán hasta la casa donde vivió a principios del s. XIX, para invocarle.





¿Acaso alguien se lo quiere perder? Allí nos vemos.




domingo, 7 de junio de 2015

"Elogio del gato" - Stéphanie Hochet


Este pequeño ensayo, o libro-capricho, es un recorrido de puntillas acerca del gato, histórico y literario. No profundiza demasiado en ninguno de los aspectos que trata, y por tanto no se puede tomar exactamente como un libro de referencia o de cabecera para consulta erudita sobre los gatos, pero sí hará las delicias de los amantes de la literatura y de los gatos que, lejos de ser ambas pasiones que puedan separarse, más bien resulta extraño que no vayan siempre unidas.

La literatura y los pequeños felinos siempre se han llevado bien, como podemos constatar en las citas que sirven como preludio a cada capítulo (Rilke, Quignard, E.T.A. Hoffmann, Baudelaire, Mark Twain, etc.), una selección tan refinada y precisa de autores escogidos que parece hasta impostada, o de manual. Pero hay mucho más: en cada capítulo, encontramos multitud de referencias cultas que nos pueden servir de puente a futuras lecturas (los paralelismos entre Napoleón y el cuento "El gato con botas" de Perrault, "La gata" de Colette, el personaje de Shakesperare apodado el príncipe de los gatos en "Romeo y Julieta...") Hay muchos más.

Solamente hay dos asuntos en los que discrepo con Hochet: ella defiende que un gato obeso siempre es símbolo de superioridad y distinción, cuando yo creo que significa todo lo contrario y es que, como sucede a los humanos, en el mundo animal hay muchas mascotas atiborradas de comida que sufren sobrepeso y que, por tanto, no están sanas. Lejos de significar poder adquisitivo (por parte de sus dueños) o una salud rebosante, lo que nos da a entender, siempre, es dejadez por parte de los dueños, alimentación descuidada, equivocada o exagerada, etc. Siempre es una mala carta de presentación, como sucede con las personas que llegan a esos extremos. Solo que en el caso de los animalitos, no son ellos quienes tienen la culpa.

El otro asunto que no me ha gustado es la insistencia en comparar la elegancia, belleza y finura de los gatos con la feminidad. No creo que sea algo equivocado en sí mismo, pero sí es un tema que me aburre y me enfada profundamente: porque lo femenino va indisolublemente unido a la mujer, y ¿qué pasa entonces cuando una mujer no es femenina? ¿Es menos mujer? ¿Qué te convierte o te degrada a los ojos de los demás -siempre a los ojos de los demás-? Maldita sea. Es como esa otra barbaridad que no ceso de escuchar y que afirma que no se convierte una en mujer hasta que no es madre. Por favor, paremos esto. Derribemos ya esas barreras mentales. No seamos tan limitados. Tan básicos y brutos. Una mujer puede ser mujer vista como vista, se pinte como se pinte o no se pinte, tenga incluso lo que tenga entre las piernas. La pregunta exacta es: ¿a ti qué te importa? Es más, deberíamos ir por ahí gritando esto: ¿a ti qué te importa?

Un gato es elegante, es preciso, es precioso, es perfecto, es... es un gato, no hace falta compararlo con lo femenino, ¿verdad? Parafraseando a Gertrude Stein: "todo lo que se puede decir del gato es que un gato es un gato es un gato."

Pero en realidad creo que escribo todo esto para presentaros a Aire (un gato con epíteto: Aire, el de los ojos de centella; un gato con nombre élfico que significa mar; y con dos apellidos, Morgan Muir, en homenaje a un fantasmagórico y delicioso personaje literario de Javier Marías). Un pequeño gatito rescatado del motor de un horrible coche aparcado, que lloraba pidiendo ayuda y que hoy es el gato más precioso y cariñoso del mundo y el mejor compañero que he tenido nunca.

Por favor, no compréis animales, hay cantidades ingentes de ellos en perreras y protectoras que necesitan un hogar. Es un tema amplísimo y no es este quizá el momento ni el lugar, pero quien quiera puede dejarme dudas o comentarios en este post, o escribirme al email (marapsara@hotmail.com) para preguntarme cualquier cosa al respecto.

"Mundos" - Gertrud Kolmar


Se dice que Gertrud Kolmar es una poeta "extrañamente desconocida", porque la calidad de sus poemas es muy alta y porque apenas se ha hablado de ella desde que muriera en el holocausto alemán a manos de esos salvajes que despreciaban la vida.

Sin embargo, no creo que el adjetivo "extrañamente" sea aquí el adecuado: creo que, más bien, se trata de otro caso más de silenciamiento de la voz de una mujer. Su primo carnal era Walter Benjamin, quiero decir.

Cuenta en el prólogo Berta Vias Mahou que la personalidad de esta poeta era especialmente introvertida y que no se relacionaba con otras personas de círculos literarios o de apenas otros ámbitos que no fuera su propia familia. Se dedicó durante su juventud a la literatura y la enseñanza, y mientras los judíos rápidamente iban perdiendo libertades y el resto de su familia huía aterrorizada, ella permaneció en Berlín junto a su padre hasta el final y por tanto, murió. No se sabe exactamente cómo, pero murió. Aún con media vida por delante y perdiéndose así buena parte de la obra que había escrito y la totalidad de aquella que le faltaba por escribir.

Algunos de sus poemas (que escondía celosamente) fueron publicados a sus espaldas por un editor amigo de su padre. Después, se han recuperado otros textos que guardaron familiares y conocidos. Y hoy, casi 80 años después de haber sido escritos, tenemos estos poemas rescatados entre las manos, que se han publicado respetando el orden original, modificado por editores caprichosos en algunas ediciones.

Algunos de sus poemas...

DE LA OSCURIDAD
De la oscuridad vengo yo, una mujer.
Llevo un niño, ya no sé de quién;
en otro tiempo lo supe.
Pero no hay más hombre para mí...
Todos se han hundido a mi paso, como un riachuelo
que la tierra bebió.
Avanzo, más y más lejos.
Porque quiero alcanzar las montañas antes de que se haga
de día, y ya se apagan las estrellas.

De la oscuridad vengo yo.
Marchaba sola por las oscuras callejas
cuando de pronto se abalanzó una luz, despedazando
con sus garras la blanda negrura,
el leopardo a la cierva,
y una puerta abierta del todo escupió una espantosa
algarabía, un griterío salvaje, un aullido animal.
Unos borrachos se revolcaron...
Todo esto lo sacudí del borde de mis ropas por el camino.

Y atravesé el mercado desierto.
Las hojas nadaban en los charcos, que reflejaban la luna.
Perros flacos, ansiosos, olisqueaban desperdicios
sobre las piedras.
Pisoteadas, se pudrían las frutas,
y un viejo cubierto de harapos seguía torturando
su pobre instrumento de cuerda.
Cantaba en voz baja un desafinado lamento,
sin ser oído.
Y aquellas frutas que en otro tiempo maduraron al sol,
con el rocío,
aún soñaban con el perfume y la dicha de la amorosa flor,
pero el mendigo quejumbroso
hacía tiempo que lo había olvidado y no conocía ya
más que el hambre y la sed.

Ante el palacio del poderoso me detuve en silencio,
y cuando pisé el escalón más bajo,
el porfirio rojo carne estalló, partiéndose
bajo mi suela.
Me volví
y miré hacia arriba, hacia la ventana vacía, la tardía vela
del pensador,
que meditaba, meditaba, y jamás se libró de su pregunta,
y hacia la lamparilla velada del enfermo que, por supuesto,
no estudió
la forma en que habría de morir.
Bajo los arcos del puente
dos esqueletos horribles se pegaban por el oro.
Yo alcé mi pobreza como un escudo gris ante mi rostro
y seguí mi camino sin ser molestada.

A lo lejos el río habla con sus orillas.

Ahora tropiezo al subir por el sendero de piedra,
recalcitrante.
Los guijarros, los matorrales de espinas hieren las manos
que tantean a ciegas:
esperan un gruta,
que en la más profunda hendidura alberga al cuervo
verde metálico, el que no tiene nombre.
Entraré ahí,
me acurrucaré bajo la sombra de sus grandes alas
y descansaré.
Amodorrada, escucharé cómo crece la muda voz de mi hijo
y dormiré, con la frente inclinada hacia el este,
hasta la salida del sol.

EL ÁNGEL EN EL BOSQUE
Dame tu mano, tu mano querida, y ven conmigo,
pues queremos alejarnos de los hombres.
Son mezquinos, ruines, y su mezquina ruindad nos odia
y mortifica.
Sus ojos rondan maliciosos por nuestro rostro y su oído ávido
manosea las palabras de nuestra boca.
Recogen beleño...
Así que huyamos
a los campos soñadores que, gentiles, con flores y hierba,
confortan nuestros pies vagabundos,
al borde del río que, con paciencia, carga sobre su espalda
imponentes fardos, pesados barcos repletos de mercancías,
con los animales del bosque, que no murmuran.

Ven.
La niebla del otoño vela y humedece el musgo con brillos
mates, esmeralda.
Ruedan las hojas del haya, tesoro de monedas de bronce dorado.
Por delante de nuestros pasos, llama roja, temblorosa,
salta la ardilla.
Alisos negros, retorcidos, silban junto al pantano
en el resplandor cobrizo del atardecer.

Ven.
Porque el sol se ha puesto, se ha acostado en su cueva
y su aliento cálido, rojizo, se apaga.
Ahora se abre una bóveda.
Bajo el arco azul grisáceo entre las coronadas columnas
de los árboles estará el ángel,
alto, esbelto, sin alas.
Su semblante es dolor.
Y su vestido tiene la palidez glacial de las estrellas
que centellean en las noches de invierno.
El que es,
que no habla, no debe, sólo es,
que no conoce maldición alguna ni trae la bendición y que no
peregrina a las ciudades al encuentro de lo que muere:
no nos mira
en su silencio de plata.
Pero nosotros le miramos,
porque somos dos y estamos desamparados.

Tal vez
caiga una hoja seca, marrón, sobre su hombro,
resbale.
Nosotros la recogeremos y la guardaremos,
antes de seguir adelante.

Ven, amigo mío; conmigo, ven.
La escalera en casa de mi padre es oscura, tortuosa, estrecha,
pero ahora es la casa de la huérfana, y en ella
vive gente extraña.
Llévame.
En la puerta la vieja llave oxidada se resiste
a mis débiles manos.
Ahora chirriando se cierra.
Mírame ahora en la oscuridad, tú, desde hoy mi patria.
Pues tus brazos se erigirán para mí en muros protectores,
y tu corazón será mi aposento y tu ojo mi ventana,
por la que brilla el amanecer.
Y la frente se alza a tu paso.
Tú eres mi casa en cualquier calle del mundo, en cualquier
hondonada, en cualquier colina.
Tú, mi techo, languidecerás conmigo extenuado
bajo el mediodía abrasador, te estremecerás conmigo
cuando azote una tormenta de nieve.
Pasaremos hambre y sed, juntos resistiremos,
juntos un día caeremos al borde del camino, cubierto de polvo,
y lloraremos...

miércoles, 3 de junio de 2015

Nuevo libro de David González


Hay cosas que nunca cambian. Las que son de verdad, en concreto, nunca cambian. 

La literatura de David es de verdad; lo sabrán, si todavía no lo han leído, cuando sientan que sus palabras se están quedando con ustedes para siempre, lo confirmarán cuando salgan de sus libros convertidos en una persona nueva: una versión mejorada de ustedes mismos, concretamente.

Lo cierto es que para mí es un verdadero placer seguir leyendo sus libros (los nuevos, pero también revisando los más antiguos), y que me siga conmoviendo (pese al paso del tiempo, pese a todo, pese a todos). Para esta feria del libro en Madrid, uno de mis libros pendientes es, sin lugar a dudas, "Campanas de Etiopía", el último que editará con Origami, según explica él mismo en este post; un poemario que estoy deseando leer.
Al igual que la vida sigue, los libros surgen imparables, como el próximo que está empezando a anunciar y que se titula "El hombre de las suelas de viento". Se trata de una reedición de uno de sus libros más apreciados, su libro "de y con Rimbaud" como él mismo explica, y del que ya está listo el diseño de la cubierta que comparto al inicio de este post. Publica la editorial Arma Poética e incluye el prólogo de Manuel Vilas. El binomio Rimbaud / David González y la semejanza del título con aquél tan querido de mi infancia "Zapatos de fuego y sandalias de viento" (Ursula Wölfel), hace que ya esté deseando hacerme con un ejemplar de este nuevo título que está por llegar.
Ojalá la presentación de este libro traiga de una vez al poeta a tierras madrileñas, donde le echamos de menos.

"Eso" - Inger Christensen


Dejemos la mediocridad a un lado. Poesía es lo que hace Inger Christensen. Qué sutileza, cuánta inteligencia, qué forma de escribir como le da la gana sin atenerse a nada, y qué resultado más brillante. Sus versos llenaron la boca de los políticos pero también ocuparon los muros de las ciudades en graffitis de protesta social. ¿Quién sino un artista brillante puede presumir de haber logrado algo así?

Inger Christensen (Vejle, 1935 – Copenhague 2009) fue matemática, poeta, dramaturga y ensayista. Su nombre apareció durante años en las quinielas para el Premio Nobel, aunque finalmente nunca llegaron a concedérselo. Ganó muchos otros premios importantes, trabajó para varias Academias de la lengua y actualmente su obra se ha traducido ya a más de treinta idiomas. La editorial Sexto Piso acaba de publicar “Eso”, aunque ya contaba en su catálogo con otro título de la misma autora, titulado “Alfabeto” y publicado en 2014.

¿Qué es “Eso”?

“Eso” es un poemario brillante. Contamos con la excelente edición de Sexto Piso (editorial siempre tan meticulosa y elegante), que incluye los textos originales en danés junto con la traducción de Francisco J. Uriz, apoyada por The Danish Arts Foundation. Además, este libro incluye un prólogo y un epílogo de la autora, Inger Christensen, pero que nadie busque en ellos la explicación racional o académica de qué demonios es “Eso”. Se diría que son un prólogo y un epílogo “experimentales” (también se ha tildado a su poesía de experimental, pero aquí preferimos alejarnos de las etiquetas), nada tienen que ver con los que acostumbran a incluir todo tipo de libros: el prólogo y el epílogo son poemas largos, y no son narrativos (aunque es seguro que Christensen tendría la impresión de haber expuesto en ellos muy claras sus ideas, y el que quiera entender que entienda).

Pues bien, “Eso” es todo.

Lo que hace Christensen es tomar ese todo, (todo lo conocido, todo lo que existe o es susceptible de ser nombrado) para descomponerlo hasta llegar a sus partes más pequeñas, y entonces analizarlas, criticarlas o adorarlas según el caso y mostrarlas, en fin, a sus lectores, para que sean conscientes de cómo comprende ella el mundo que le rodea, y en qué lugar del mismo nos encontramos.

Así, “Eso” es el latido, el crecimiento, la expansión, el aire en los pulmones, la vida en todas sus formas posibles. Pero también la injusticia y la explotación, y precisamente este aspecto es el que hizo que los poemas de esta brillante autora fueran utilizados como herramientas de denuncia social, y que los políticos más falsos y demagogos los usaran en sus discursos como treta para acercarse al pueblo. Posiblemente ese fue el motivo principal por el que su obra se expandió rápidamente por todo el mundo.

El escenario

“Eso” bien podría ser “La sociedad del espectáculo” de Guy Debord en poesía. Hay mucho de artificial en los escenarios que dibuja Christensen, pero no son más que las mismas apariencias que nos rodean por todas partes en esta sociedad de trampantojos, en la que queramos o no, nos movemos como títeres dentro de unos límites muy pequeños.

Hay varios elementos que aparecen repetidos a lo largo del poemario (dotándolo de homogeneidad), figuras recurrentes que sirven de marco o escenario donde se representa todo lo demás: la hierba, la nieve, la arena, el agua o las flores. A través de estos símbolos y del uso que se hace de ellos, Christensen representa, como en un teatro de marionetas, ese “todo” a lo que nos referíamos antes. Muestra su incredulidad ante las prohibiciones, su estupor ante la reclusión, nos habla de locos encerrados en manicomios, de manifestantes detenidos, haciendo una poesía tan surrealista como concreta (sí), consiguiendo con guiños a lo largo de todo el texto una fuerte homogeneidad, un mensaje claro y directo y una corporeidad casi física.

Christensen era profesora de matemáticas, labor que compaginaba con la escritura, algo que no debe resultar extraño porque como saben, las matemáticas, al igual que la poesía, tienen un fuerte componente de pensamiento abstracto. Además, se debe romper ese cliché: no da en absoluto la impresión de que estos poemas procedan de una mente cuadriculada, todo lo contrario. Se trata de una artista libre que muestra su bochorno ante la vida tan artificial del ser humano, y que evoca otras formas de pasar por el mundo mucho más agradables y sobre todo, más naturales.  

Un lujo, todo un placer, pasear por los escenarios nevados que dibujó Inger Christensen, encontrar su huella, posar con cuidado sobre ella nuestro pie, reflexionar sobre “eso”, derribar gracias al arte las barreras.


Reseña publicada originalmente en la revista on-line de crítica literaria "El Mar de Tinta".

"La libélula" - Amelia Rosselli



Es nuestro deber volver a quitarnos el sombrero ante la selección poética que está realizando Sexto Piso en los últimos meses. Han arriesgado con unas propuestas de la más alta calidad, rarezas con las que los lectores se sorprenderán cuando visiten sus librerías favoritas y encuentren estas joyas.

Otro ejemplo de buen hacer y vanguardismo de finales del siglo XX, como ya descubríamos en el magnífico “Eso” de Inger Christensen, que comentábamos hace poco. Pero Amelia Roselli no se parece a nada. Sin embargo, posee unas características curiosas que la hacen única.

Tres idiomas, la misma dificultad

Los comienzos de la vida de Roselli (1930-1996) surgieron fortuitamente en París. Su padre, un italiano antifascista, había buscado refugio allí. Su madre era una activista política inglesa. Tenemos, por tanto, el francés, el italiano y el inglés como idiomas de partida. Y esto no solo se refleja en este pequeño libro, sino que identifica toda la obra de Roselli.

Amelia Roselli viajó por los tres países que componían su nacionalidad múltiple y escribió transmitiendo la misma dificultad que encontraba en cada idioma (o en la mezcla experimental de los tres, como sucede a veces): la dificultad de expresar con palabras lo que sentía.

Quizá sea representativo de su personalidad compleja, el hecho de que muriera tras arrojarse por la ventana de su apartamento en Roma, quizá no tenga nada que ver. Nunca lo sabremos. Lo que sí es cierto es que este libro destila pesimismo. Nos transmite un mar de dudas y la sensación de que no ha superado el daño que le han hecho los demás. Independientemente de esto, hay que indicar que posee un ritmo verdaderamente hipnótico, y que la presentación del texto en edición bilingüe es un lujo para quienes lean ambas lenguas.

Un rescate a tiempo

Creemos que es el momento ideal para recuperar la obra de esta extraña autora, con la que hemos compartido tiempo y espacio sin ser conscientes. En los últimos años, cuando más y más se reivindica la presencia de las mujeres artistas ensombrecidas por sus coetáneos varones, aparecen para nuestra sorpresa y regocijo nombres como el de esta multicultural y oscura poeta.

Mientras se siguen poniendo tantas trabas a la vida de las mujeres, despotricando en contra de la igualdad, descubrimos por ejemplo lo dura que fue la vida de las mujeres beatniks y lo poco –o nada– que sabíamos sobre ellas, gracias a la publicación de libros como “Beat Attitude” (editorial Bartleby, 2015), o la creación de documentales como “Se dice poeta” de Sofía Castañón. Exposiciones como la que ha ofrecido el Matadero de Madrid acerca de las Guerrilla Girls, nos abren los ojos con datos y cifras reales y objetivos sobre el rechazo que sufren las mujeres en el mercado de cualquiera de los campos del arte.

Libélulas y otros abismos

“La libélula”, subtitulado “Panegírico de la libertad”, es un poema largo que fue publicado por primera vez en 1958. Gracias a Pier Paolo Pasolini, que se fijó en su obra, en 1963 se publicó en la revista “Los Menabo” veinticuatro de sus poemas. Un año después, se publicó la colección poética, “Variaciones guerra”, publicado por la editorial Garzanti. Un poco más adelante, en 1969, se publicó “Serie del hospital”. Ya en 1966 comenzó a escribir crítica literaria en los periódicos Paese Sera y La Unidad. En 1981 se publicó ”Impromptu”, poema largo, y en 1983 el título “Portapapeles dispersos y perdidos”, obra escrita entre 1966 y 1977.

Dice Martín López-Vega en un artículo publicado en El Cultural, que “no todo lo que aprendemos en la poesía de Amelia Rosselli queremos aprenderlo; tanta verdad asusta”. Lo cierto es que nos muestra su realidad bañada de pesimismo, como si esa libélula que evoca al principio, sobrevolara un ambiente húmedo, insano y cargado. En cualquier caso, al igual que una libélula errante o una estrella fugaz, hay algo, un fulgor raro, en los poemas de Rosselli que impiden que podamos apartar de ellos la mirada.

Reseña publicada originalmente en la web de crítica literaria "El Mar de Tinta".
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