lunes, 30 de diciembre de 2013

2013, las mejores lecturas

Permitid que paladee este momento, que lo observe sonriendo mientras se arroja desde el futuro al pasado – haciéndome al pasar un guiño¹.

Me propongo reducir al máximo la lista de libros estupendos leídos en este año que termina: incluir en ella solo aquellas lecturas-amuleto, solo libros que hacen temblar.

Ojeo la lista de libros leídos y me doy cuenta de que sobre la mitad de ella se cierne una sombra negra. A pesar de ello, y como no podía ser menos, de ese tiempo oscuro emerge enseguida una luz cegadora: la de “El enamorado de la Osa Mayor”, de Sergiusz Piasecki. Este extrañísimo autor redactó esta novela mientras se encontraba encarcelado por traficar con mercancías entre fronteras y por actuar como espía. En ella, relató sus peripecias utilizando un lenguaje sublime y delicadísimo, que precisamente contrasta con el medio tan hostil que evoca. Aunque había sido condenado a pena de muerte, fue este libro el que le salvó de tan funesto destino. Una vez en libertad, nada más se supo de él. Murió en 1964, y ahora lo único que podemos hacer para sentirlo un poco más cerca es observar la Osa Mayor y percibir su guiño.

Mientras un escalofrío recorre hasta la última de mis escamas al revisar esas fechas en orden cronológico, otro maestro acude al rescate, con una obra profundamente psicológica, violenta y descarnada: David Vann, con “Tierra”. Primero fue “Sukwan Island”, un libro que agita como la peor de las noticias recibida al despertar. A este siguió “Caribou Island” y David Vann se reafirmó como ese arcángel despiadado que tras su aspecto embaucador esconde un serrucho oxidado, como ya dije alguna vez. “Tierra” reafirma a este increíble autor como tejedor de tramas que brotan de una pequeña semilla y crecen y se expanden y te atrapan en una enredadera de angustia y claustrofobia... de la que no puedes escapar. Lo leí en el peor momento posible, y sin embargo lo disfruté igual que si las nubes no estuvieran surcando mi frente, amenazando con quedarse.

Hay libros en los que te reconoces, aunque sólo sea en un momento muy puntual de tu vida y luego sólo se conviertan en un bonito recuerdo. “Rosas en diciembre” de Daniel G. Sanguino fue un libro-bálsamo que durante algunas semanas tuve que llevar encima en todo momento como si de un talismán se tratara.

De sus tres poemarios publicados hasta la fecha, es sin duda el más depurado y brillante, augurio de una obra estupenda: sin poder evitar un destello de emoción, desde aquí le doy las gracias.


A continuación, una de las amazonas que me enseñan y me impulsan a diario, Pilar Pedraza, maestra feminista y maestra de feministas con la que compartí un viaje al pasado y aprendí todos los secretos de la Esfinge, de Medusa y de Pantera en “La bella, enigma y pesadilla”.

Se trata de un ensayo sobre la figura de la mujer desde un punto de vista mitológico, que conforma una trilogía con los libros “Espectra: descenso a las criptas de la literatura y el cine” y “Máquinas de amar”, todos ellos increíblemente buenos.

Un poemario más. Aunque no todos los libros enumerados hasta ahora están exentos de lírica: yo no me atrevería a asegurar que Piasecki no fue un poeta. Celan, Celan... Paul Celan. Con no uno sino dos libros magníficos que consiguieron evadirme por completo y trasladarme a un sitio donde sí quería seguir viviendo: “De umbral en umbral” y “Amapola y memoria”. La poética de Paul Celan, profundamente simbólica, teje una suerte de laberinto extraño en que el lector se ve inmerso desde los primeros versos: sin saber muy bien por dónde continúa el camino y qué forma tienen los setos que lo circundan. Sin embargo, una vez hallada la clave para asimilar los poemas, todo fluye de una forma maravillosa: el único secreto es dejarse llevar y abrirse, ponerse en sus manos, como suele suceder siempre con la buena poesía. Sus poemas son en gran medida fruto de las vivencias de su autor en el holocausto alemán: pero que nadie busque poesía narrativa donde se relaten sus experiencias, porque no la va a encontrar. Lo que plasmó Celan es el resultado de su tragedia personal, su alma herida tras los acontecimientos que se vio obligado a sufrir.

Este libro que comparto ahora es muy especial para mí, por la sencilla razón de que me salvó la vida. Pues, como bien me explicó el gran amigo que me lo tendió a tiempo como un flotador en el alta mar embravecida, se trata de un libro que hace eso: salva vidas. “El deseo según Gilles Deleuze” de Maite Larrauri. Una introducción sencilla y gráfica a las teorías de Deleuze, que forma parte de la colección “Filosofía para profanos” en la que también hay introducciones al pensamiento de Foucault, Hannah Arendt, Spinoza o Nietzsche, entre otros. Gracias a este libro también comencé la aventura Deleuze, que aún continúa y que me ha dado a conocer valiosísimas enseñanzas de este filósofo y de otros como Giorgio Agamben, Felix Guattari o José Luis Pardo. Bocanada vital de aire fresco en medio de aquel aliento pestilente... una huida hacia delante. Línea de suerte, línea de cadera, línea de fuga. ¿Cómo no emocionarse ahora al recordarlo?


Me doy cuenta, mientras hago este repaso, que este año incluye una cantidad de relecturas mayor a lo acostumbrado: “La caverna” de Saramago, “Negra espalda del tiempo”, “Literatura y fantasma” y “Los enamoramientos” de Javier Marías, “Butes” de Pascal Quignard, “Cómo liberar tigres blancos” de Isabel García Mellado, “Deseo de ser piel roja” de Miguel Morey o “La sonrisa etrusca” de José Luis Sampedro, entre otros. Todos ellos libros que forman parte de mí, o más bien, libros gracias a los cuales soy quien soy, y que necesito retomar cada cierto tiempo en una suerte de ritual que me confirma el paso del tiempo y marca etapas en mi vida.


Como mi intención inicial era reducir los buenos libros leídos a un pequeñísimo porcentaje, añado sólo un libro más y a continuación aplazo este resumen anual hasta finales del próximo diciembre: por ahora, me despido con William Faulkner y su “Visión en primavera”, el libro que me descubrió al Faulkner poeta y que supuso algo así como añadirle una velita al altar que ya presidía este autor en mi olimpo personal. Tan onírico, nocturno, misterioso y genial como sólo pueden serlo los maestros de la palabra como lo fue Faulkner. Estos poemas rebosan inspiración, dedicación y talento.

2013 llega a su fin y lo despido como después de haber compartido un éxtasis alcanzado sólo tras unos comienzos torpes y poco afortunados: el final ha sido estupendo, pero quiero que se vaya.

Un año menos en mi haber y tantos miles de palabras, tanta literatura y nada, absolutamente nada que contarte.

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¹ Deseo de ser piel roja. Miguel Morey. Anagrama, 1999

miércoles, 25 de diciembre de 2013

"Los paraísos artificiales" - Charles Baudelaire


"El vino exalta la voluntad, el hachís la aniquila. El vino es apoyo físico, el hachís es un arma para el suicidio. El vino hace al hombre bueno y sociable. El hachís lo aísla."

"Los vicios del hombre, por muy llenos de horror que uno los suponga, encierran la prueba (¡aunque sólo sea en su infinita expansión!) de su afán de infinito; lo que pasa es que se trata de un afán que a menudo se equivoca de camino."

"En efecto, todo hombre que no acepte las condiciones de la vida vende su alma. Es fácil comprender la relación que existe entre las creencias satánicas de los poetas y las criaturas vivas que se han consagrado a los excitantes. El hombre ha querido ser dios y, de pronto, ahí lo tenemos, en virtud de una moral incontrolable, caído a un nivel más bajo que el de su naturaleza real. Es un alma que se vende al detall."

"Después de todas esas consideraciones es realmente superfluo insistir sobre el carácter inmoral de hachís. Que yo lo compare al suicidio, a un suicidio lento, a un arma siempre ensangrentada y siempre aguzada, ningún espíritu razonable encontrará nada que oponer. Que lo asimile a la magia, a la brujería, las cuales quieren, operando sobre la materia y mediante arcanos cuya falsedad o eficacia nada prueban, conseguir un dominio prohibido al hombre o permitido sólo a quien es considerado digno, ningún alma filosófica lo podrá censurar."

"¿Añadiré que el hachís, como todos los placeres solitarios, vuelve al individuo inútil para los hombres y a la sociedad superflua para el individuo, empujándole a admirarse sin cesar a sí mismo y precipitándole día tras día hacia el abismo luminoso donde admira su rostro de Narciso?"









Los paraísos artificiales.
Charles Baudelaire. Alianza editorial, 2011

sábado, 21 de diciembre de 2013

"El mar interior" - Philip Hoare


Desde la publicación de Leviatán o la ballena, éramos muchos los lectores que deseábamos la publicación en castellano de más libros del inglés Philip Hoare. Por suerte para nosotros, esta no se ha hecho esperar, y hace tan sólo unos días la estupenda editorial barcelonesa Ático de los libros lanzaba a la venta una nueva entrega de Hoare: “El mar interior”.

Al igual que sucedía con “Leviatán...”, esta nueva obra es difícil de clasificar, ya que mezcla características propias del diario personal, del ensayo científico y del libro de viajes. Otro punto en común de ambas es la temática, que en este caso no se centra tan sólo en las ballenas sino que se amplía a otros seres del mundo animal: unas criaturas que Hoare describe con detalle y mimo, transmitiéndonos su más profundo amor e interés por ellas.


Un lugar en el que sumergirse

¿En qué aguas nada Philip Hoare? Cada día del año, en la playa más cercana: no importa el clima, el agua salada parece servirle de alimento u oxígeno vital. Queda de manifiesto que su profunda conexión con el mundo marino no es una excusa literaria, sino algo puro y real que plasma con delicadeza y sabiduría en cuadernos de anillas que después se transforman en libros editados.

“El mar interior” permite conocer de cerca a su autor, a través de las descripciones de sus costumbres y reflexiones más personales. Es fácil imaginarlo escribiendo anotaciones sujetando el lapicero con sus delgados dedos ligeramente deformados, de nudillos rugosos y cuarteados tras un invierno de gélidas inmersiones en agua y sal.


Tan elegante como un mimo de rostro melancólico ofreciendo una flor y una sonrisa triste al transeúnte ocasional que le lance una moneda: así es como escribe Philip Hoare. Su rostro de maniquí decimonónico no engaña: su amor hacia los seres vivos es real, y esta sinceridad es la que trasciende y hace que sus libros estén dotados de una potente capacidad de transmisión.

Su propio mar interior le acompaña siempre y se refleja y extiende en las aguas que en cada momento de su vida tenga la fortuna de disfrutar, como una extensión de sí mismo. En este libro narra viajes en barco e inmersiones en aguas inglesas pero también de las islas Azores, Sri Lanka y Nueva Zelanda. En cada lugar persigue el encuentro con aves costeras y mamíferos acuáticos, los seres que conforman su mayor pasión. Pero también existen capítulos dedicados a otras especies, uno de los más espectaculares sin duda el dedicado a los cuervos, ave majestuosa por excelencia; o aquel en el que el ya extinto tilacín o Tigre de Tasmania es el protagonista.


Origen, mutación y extinción

Estos tres conceptos son sometidos a reflexión y examen en su relación con las especies animales que son objeto de estudio en este libro, citándose fuentes, hipótesis y conclusiones de toda índole y condición. Como no se trata de una obra puramente científica (aunque sí incluye una extensa bibliografía de gran calidad), la credibilidad o exactitud de todo lo expuesto queda a juicio del lector.

Uno de los anzuelos que nos lanza Hoare, en forma de hipótesis, plantea la posibilidad de la existencia, en la actualidad o en un pasado más o menos cercano, de criaturas mamíferas marinas con una alta semejanza a la especie humana. Según dice, se trataría de un “simio acuático” que explicaría por qué el cuerpo de los humanos contiene más grasa que otros mamíferos terrestres, o por qué tenemos tanta facilidad para nadar y bucear pero no para volar, o correr tanto como otros animales, entre otros muchos factores que pueden utilizarse como argumentos que sostengan esta teoría, como si procediéramos de criaturas configuradas para desarrollar una vida en el agua.

“El agua está tan clara que da miedo. Los peces emergen como si hubiera caído de las nubes.”


Una experiencia metafísica

Cuando Philip Hoare está admirando o dejándose mecer por el agua del mar, cuando nada entre peces, el tiempo se detiene para él, esa es la impresión que transmite cuando narra sus experiencias. Estar en contacto directo con algo que es mucho más antiguo, arcano y por tanto, mucho más sabio que él, convierte esas experiencias en algo místico que le producen una fuerte sensación de bienestar y que para él ya suponen toda una forma de vida.

Si algo podemos aprender con la lectura de este libro es cómo valorar en su justa medida la magnitud del tesoro natural en el que vivimos, y seremos aún más conscientes de la importancia que tiene cuidarlo, con el mismo celo que nos cuidamos a nosotros mismos. Una forma de vida no agresiva para con el resto de seres vivos es posible: es algo que se desprende de cada una de la palabras de Hoare. Así pues, la lectura de este libro, además de enseñarnos multitud de curiosidades y hacernos pasar unas horas de lectura magníficas, también nos convertirá en mejores personas, y aunque sólo fuera por eso, zambullirse en el mar personal de este magnífico escritor merece la pena.


Artículo publicado originalmente en El Mar de Tinta.

sábado, 14 de diciembre de 2013

"El proceso" - Franz Kafka


Probablemente una de las novelas mejor ambientadas que he leído. Para mí, el hilo argumental no ha sido el proceso, sino la claustrofobia, algo que permanece suspendido sobre las frases desde la descripción del primer habitáculo que se menciona en la trama. El acusado K. recorre extrañas casas y toda clase de edificios con tintes surrealistas en pos de un ápice de esperanza que le deje atisbar el final de su proceso, mientras carga con el peso de la culpa sobre sus hombros. La escena del impactante y aterrador final, sublime, bajo la luz de una luna como siempre tan hermosa (por todas partes se esparcía la luz de la luna con esa serenidad que ninguna otra luz posee), supone un resplandor final, terrorífico, sí, pero liberalizador al fin y al cabo.

Franz Kafka nunca llegó a terminar esta novela, que por tanto nos llega con algunos capítulos más breves inacabados. Aún así, se lee perfectamente sin esa sensación incómoda que sin embargo muchas veces sí producen algunos libros acabados: la de que están incompletos, cojos, sin pulir.

Como suele suceder en las obras magistrales, también de “El proceso” se desprenden multitud de lecturas. Una de ellas es la de que K., acusado sin razón aparente y que no llega nunca a conocer las causas de su detención, va asumiendo la culpa a medida que su proceso avanza: al igual que en la vida diaria nos sentimos a veces responsables de asuntos que nos son ajenos, pero que por su cercanía a nosotros o por la implicación directa de personas que queremos, terminamos asumiendo absurdamente.

Otra lectura es por supuesto la gran cantidad de terribles similitudes entre el mal funcionamiento del poder judicial de la novela (que en principio se trata de una distopía, pero es que parece que ya vivimos en una) y el real (sin remedio...) de este mundo absurdo nuestro. ¿Cómo un planeta habitado por humanos puede estar tan deshumanizado?

Cada persona individual (y esto lo podemos ver si observamos sólo con un poco de atención a nuestro alrededor) tiende a asumir, en mayor o menor grado, la personalidad social en detrimento de la que habría alcanzado siguiendo su propio instinto. A un nivel más bajo, esto también sucede en los grupos cerrados o semi-sectarios, en los que un grupo de personas fácilmente anulables siguen los designios de un líder que a su vez se alimenta de la debilidad de sus seguidores. Resulta de todo punto incomprensible que tengan que existir, y que de hecho existan personas que se arrastren para que otros pisen sobre ellas. Así precisamente es el modelo capitalista en el que por desgracia vivimos. Las profundas desigualdades y las inabarcables injusticias no sólo podemos verlas a diario en los tribunales que Kafka desdibujó para destacar sus matices en esta estupenda novela, sino también en las actuales comisarías de policía (nazionales y demás), en la esfera política dictatorial, en los estamentos religiosos patriarcales y un larguísimo etcétera.

Pero cualquier cosa que se diga sobre “El proceso” será siempre insuficiente.

Hay que leerla sufrirla.

jueves, 12 de diciembre de 2013

¡Eh!, ratas...


Sucede que cada vez con más frecuencia me topo con erratas en letra impresa. Y no por ello soy capaz de acostumbrarme, o de blindarme frente a la violenta impresión que me genera el hecho de encontrarme alguna.

Los libros son un material que tiene sus propias normas y a veces no sabemos cómo actuar frente a algunos casos: porque, si advierto que una prenda de ropa que he comprado presenta un defecto de fabricación, me la cambiarán por otra en la tienda o me devolverán el dinero, pero sería absurdo cambiar un libro por otro de la misma tirada, que contendrá exactamente las mismas erratas, y pocas librerías devuelven el dinero. Menos lectores aún perderían su tiempo en cambiar un libro defectuoso.

Hay una idea generalizada que asegura que alguien que lee mucho difícilmente cometerá faltas de ortografía. Yo creo que es un error. No es suficiente, para aprender a escribir correctamente primero hay que estudiar gramática. Una pequeña gramática de bolsillo para repaso en los viajes de metro puede ser de gran ayuda. Hay quien hace sudokus, luego, por qué no.

Precisamente me he topado con seres que presumían de una redacción impecable y aseguraban leer cantidades ingentes de libros pero que, sin embargo, en la práctica no sabían diferenciar la coma del punto y coma, o confundían la y con la ll en todo momento y ocasión en que tuvieran que utilizarla. Porque uno puede argüir que la b y la v están juntas en el teclado: cualquiera puede pulsar por error en un momento dado. Bueno, con gesto de disconformidad, esto se acepta. Pero: ¿la y y la ll?, ¿cuál es la excusa... cuál? Por todos los cielos.

Cuando uno compra un libro de una editorial desconocida y remota, antiguo además, o incluso, impreso fuera de España, ha de ser absolutamente consciente de que se encontrará con errores ortotipográficos. Pero hoy mismo estamos en un momento en el que editoriales punteras con reseñas en el mismísimo Babelia (que, ya saben: es lo más) se permiten la desfachatez de poner a la venta libros con más de 30 errores (que yo haya localizado, me baso en un caso real, una novedad editorial que está hasta en la mismísima sopa –de letras–). ¿Qué está pasando?

Como todo lector debería saber, los “libros” digitales no pasan corrección: quizá sí en unas pocas editoriales, pero desde luego no es la costumbre habitual. Esto sucede porque, en el proceso de fabricación de un libro, el texto corrido que pasa el propio autor, una vez que se decide su edición, primero se maqueta (resumiendo mucho el proceso) y es sólo una vez maquetado cuando los correctores (de estilo y ortotipográfico) ejecutan su trabajo. Como los “libros” digitales se ponen a la venta sin maquetar, no pasan corrección. Así, los lectores compran archivos de ordenador que el editor sólo ha tenido que poner a disposición del público en formato digital: resumiendo, ya digo.

Pero todos confiábamos en que los libros de verdad (o impresos) seguirían dando ejemplo de corrección y estilo, rebosando refinamiento y buen hacer, aún a pesar de la invasión digital, la nueva moda. ¿Será la crisis, que en las editoriales recorta en correctores? ¿Será que ellos han olvidado cómo hacer su trabajo? Sea lo que sea, algo sucede.

Blade reader
He leído cosas que no creeríais. Blogs de escritores ilustres que sí, quizá escriban muy bien: pero no lo he podido averiguar porque la avalancha de erratas me impedía leer sus textos. También he leído libros corregidos por personajes que cometen errores ortográficos incluso hablando. Correos electrónicos en el ámbito laboral (los mensajes amistosos los obviaremos, pero he de decir que soy de la opinión de que siempre, siempre, se han de cuidar las formas) plagados de errores imperdonables: un e-mail profesional con faltas de ortografía provoca que a partir de ese momento no tome tan en serio (sí: lo siento mucho) a la persona que lo ha enviado.

Dejar de leer los mensajes atestados de fallos y rebosantes de falsedad alarga la vida y la dulcifica sobremanera. Es algo que cada uno puede poner a prueba en su casa sin peligro alguno, y aseguro que da resultados inmediatos muy satisfactorios.

Observo que es habitual ignorar que “ti” nunca jamás lleva tilde. Nunca, nunca. Ni aunque den ganas. O que “delante suya”, “detrás nuestra” y demás construcciones similares con posesivos y adverbios de lugar también son siempre incorrectas y suenan tan mal como el “me se” de las abuelas (no todas las abuelas, no todas), no cuesta nada sustituir por “delante de él” o “detrás de nosotros”, por ejemplo. La secuencia p-o-r-q-u-e, cómo no, requeriría un artículo específico aparte. Y los que dicen “ej que”, ¿también lo escribirán de esa manera? Pero, por favor, si insertar esa j tan forzadamente resulta mucho más costoso que optar por una s liviana e inocua... ¿por qué, por qué lo hacen?

Y qué decir del “solo” de Javier Marías, que tanta polémica ha generado desde que la R.A.E. decidió reducir de forma drástica el número de “infractores” permitiendo absurdamente que no llevase tilde nunca. Cuando es tan sencillo como añadirle tilde cuando sustituye a “solamente” y dejarlo sin ella cuando, aún significando “solamente”, por el contexto no pueda dar lugar a equivocarse con “solo (sin compañía)”. Ay.

Desde que los escritores prefieren los 140 caracteres de Twitter antes que un estupendo e interminable papel en blanco, nada es lo que era. ¿Desde cuándo un creativo elegiría ponerse cortapisas a sí mismo? Visto de este modo, resulta llamativo y bastante absurdo, ¿no creen? Pero hay que estar en la onda, y para estarlo, hay que seguir al rebaño. Luego, Twitter. Y así, el mundo se llena cada vez más de bufones que pugnan por erigirse el más gracioso del mundo. El más gracioso comprimido. En 140 caracteres, claro. Y, si el mensaje no entra, se cambian unas qu por unas k, se eliminan todos los signos de puntuación, se cambia alguna b por una v con las prisas, y se sirve muy frío el plato de frase deconstruida. Huelga decir que tras unos meses mandé al carajo mi cuenta de Twitter. Por el hartazgo, que no por el conjunto.

Escribir mal o escribir bien no es algo malo o bueno en sí mismo: es sólo una opción de vida como cualquier otra. Cada uno elige. Y será siempre el reflejo de lo que uno emite cuando habla. Lo que sí exijo como lectora es que los libros que compro hayan seguido un cuidadoso proceso de fabricación, al igual que cualquier otro objeto de consumo. No todo el mundo ha nacido con las habilidades para ser cirujano, o conductor, o cualquier otro: tampoco cualquiera es capaz de escribir bien, o de corregir textos, aunque se esfuerce. Son profesiones que no deberían realizarse como hobby. Aunque no haya vidas en juego. O quizá sí: por menos ha habido homicidios.

viernes, 6 de diciembre de 2013

"Visión en primavera" - William Faulkner


Y al fin, después de haber seguido una voz que gritaba en su interior
a través de velos de mudable sombra, la noche descendió sobre él,
en pie, paralizado de horror.
A su alrededor, círculos de una campana se multiplicaban, crecían.

Bajo el silencio inmóvil en torno a él, otra campana se deslizó como una estrella
despertando la súbita vaguedad de un dolor.
Aquel —decía y temblaba— era mi corazón, mi corazón antiguo que se quebrara;
roto, deshecho, mi corazón que tan cuidadosamente yo guardaba,
vacío de planta de semilla, al que el curso de los días
hubiera convertido en un jardín donde adormecer la senectud.

Pues yo, quien tanto buscara,
yo descuidé los peniques que el que compra la paz debe atesorar,
una esquina en la que extraviar los pies fatigados...

Sobre él, veloz, delicadamente
los árboles sacudieron sus brazos de plata bajo mangas de verdura
y los miembros brillantes y las ramas
se movieron en callado compás hacia una música antigua.

Y, una vez más, las frentes de los bailarines soñados
ante él flotaron en calma, liberadas de tristeza
en un mar de aire nocturno...
labios repitiendo la melodía, sosteniendo la refrescante puesta de sol
en la quietud de otoño de sus cabellos.

Levemente se elevaron a su alrededor, apresurando la magia,
y su propia vida, tan sosegada en sus ojos,
tocada por esta belleza silenciosa, cansada, se agitó nuevamente.

Las suaves manos de los cielos,
delicadamente, balancearon la delgada luna sobre él,
y llenaron de escalofrío las copas de los árboles,
hasta que oyó el beso de las hojas, y entonces.. ¡ved! el sueño se había desvanecido.

Levantó su mano, se agitó y hubiera gritado,
pero había perdido la voz como las ramas
que, ligadas a un desmayado estribillo,
tejían una telaraña en torno a él y le engañaban, dulcemente.

De nuevo las campanas,
como hojas al caer, se alzaron reflejadas desde el silencio
y, en silencio él, con su corazón vacío, meditaba:

Yo tenía aquello que buscaba,
que ha huido de mí hecho pedazos.

Pues yo, quien se afanó a través de pasillos de áspera risa,
quien buscó la luz en oscuras reservas de dolor,
¿qué haré, viejo, solo y cansado...
demasiado cansado para, en soledad, comenzar nuevamente?

Suavemente, olas claras de oscuridad surgieron en lo alto,
llenaron los árboles y aquietaron las rígidas ramas en inquietante coral.

Se levantó sobre sus rodillas entumecidas.

La primavera, cubierta de blanco a lo largo de la débil y estrellada oscuridad,
se levantó nuevamente a su alrededor,
como un muro bajo el cual permaneció en pie
y contempló, más y más frío,
una estrella, inmaculadamente, caer.


"Visión en primavera", William Faulkner. Trieste: 1987.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Fabliaux: cuentos franceses medievales


Los “fabliaux” son cuentos medievales franceses creados originalmente en verso rimado, para ser sobre todo recitados en voz alta, que como todo el mundo sabe, gracias a esa tradición oral se transmitieron durante generaciones llegando hasta estos tiempos miles de historias que de otra forma no habrían pasado más allá de las clases sociales que estaban familiarizados con la lectura y la escritura.

Pues bien. Estos pequeños cuentos contienen siempre una parte moralizadora, pero cargada siempre de guasa e ironía: podría decirse que son parodias de los cuentos con finalidad aleccionadora e instructiva. Provocan la risa del lector introduciendo siempre personajes de bajas clases sociales, propensos al despiste, al engaño y a la picaresca del resto de personajes que buscan burlarse o aprovecharse de ellos. 

En esta edición de Cátedra hay veintidós relatos divididos en los apartados: “Las mujeres”, “Los jóvenes” y “Molineros, campesinos y juglares”, aunque comparten multitud de características y muchos de ellos podrían encuadrarse bajo varias categorías. En general, siempre tienden a los enredos sexuales, al escarnio por avaricia, a las torpezas cometidas por seguir los dictados de los más bajos instintos, etc.


Resulta especialmente agradable leerlos no sólo por lo divertidos que son, sino porque proceden de un tiempo muy lejano y uno los sostiene entre las manos como si se tratase de un objeto que contiene el pasado, y eso es algo conmovedor, como indica Philipp Blom en su estupendo “El coleccionista apasionado” (Anagrama, 2013).

Grotescos, desvergonzados, ingeniosos, provocadores, carnavalescos y muy amenos, así son los cuentos que como si fueran ecos nos llegan del pasado. Nunca pretendieron ser obras de arte y por eso no se compusieron de una forma muy esmerada, pero lo que verdaderamente sorprende es que todavía puedan seguirse comprendiendo y disfrutando en estos tiempos tan distintos y tan absurdos. Aunque por sus connotaciones lingüísticas e históricas estos fabliaux son mucho más que un libro para pasar el rato, ¿quién no ha buscado alguna vez un libro que no le plantease complicados esfuerzos mentales y que simplemente le distrajese y captase con facilidad y rapidez la atención para evadirse por un rato de este mundo? Pues aquí lo tienen.

"Ni libre ni ocupado" - Daniel Díaz


Este libro resulta imprescindible para todo seguidor de Daniel Díaz que se precie de serlo, pero bien es cierto que el lugar en el que podemos tener acceso a sus brevísimos relatos está en Internet, concretamente en su blog, que desde este mío enlazo desde que lo leí por primera vez. Pero también puede servir para que quienes aún no le conozcan tengan acceso a su literatura y puedan después continuar la lectura en los relatos diarios del blog.

Daniel es taxista en Madrid desde hace años, cualquiera por tanto puede haberle parado con el brazo en alto y haberle indicado una dirección sin darse cuenta de que, durante el recorrido, ese taxista le leería como a un libro abierto y apuntaría en su libreta y en su memoria cada mirada, cada detalle y cada palabra que saliera de su boca. A través de los usuarios del taxi Daniel teje historias, que a veces toman más, a veces toman menos elementos reales, a partir de los cuales deja volar su imaginación y juega y hace malabares con las palabras hasta que compone un relato hipnótico y redondo.

Sus señas de identidad son la inmediatez, los juegos inteligentes de palabras, los significados ocultos entre líneas, la lírica de barra de bar (pero siempre con muy buen gusto) y los equilibrios en la finísima línea que separa el taxi del infinito, el único lugar donde la imaginación de este taxista frena.

Foto: Lucía Berthelot
Hace unas pocas semanas tuve la suerte de acudir a un encuentro con el autor en la librería-bar “El dinosaurio todavía estaba allí”, escuchar las respuestas de multitud de preguntas curiosas acerca de su forma de trabajo y participar en una actividad de creación literaria creando una historia personal a partir del comienzo de uno de sus relatos. Fue una de esas tardes estupendas, entre libros, comida, bebida y gente con inquietudes culturales.

También tuve la oportunidad de charlar un rato con Daniel sobre Javier Marías, (yo sabía que él también era ciudadano del Reino de Redonda cuando dijo eso de que a Marías las comas debía de dictárselas Dios, aunque también le ha citado en otras ocasiones) y ése sin duda fue uno de los mejores ratos de la tarde. Sé que me pongo muy pesada y muy pedante con Don Javier y que nunca me canso de citarle, pero también sé que a quienes me lean les producirá ternura y sabrán disculparme con cariño.

El blog de @simpulso tiene una capacidad enorme para hipnotizar al lector y hacer que no pueda dejar de leer desde la entrada más reciente hasta la más antigua que se encuentre. Según ha dicho él mismo en alguna ocasión, desde siempre ha tenido la necesidad de expresarse ya fuera dibujando, haciendo música o escribiendo, como algo instintivo. Comenzó hace unos años escribiendo historias del taxi en un blog que presentó (y ganó) a un concurso del periódico 20 minutos, en 2006, y continúa hasta ahora la parte del premio que en principio constaba en alojar durante un año el blog premiado en la web y en la edición impresa. Escribe todos los días y lee todo lo que puede (con muy buen gusto por cierto, a tenor de los autores que cita en sus post en ocasiones), y eso se nota en la redacción de los relatos a diario. También participa en radio y ha colaborado como invitado en algunos programas de televisión.

Este libro, publicado por la editorial “Policarbonados” en 2009 y que ya va por la segunda edición, está pidiendo a gritos una segunda parte, que recoja otras tantas historias seleccionadas del blog para que los amantes del papel podamos deleitarnos con estas historias también entre las páginas. Otro dato a tener en cuenta es que en la actualidad se encuentra redactando una novela que, si todo sale como él piensa, romperá moldes y agitará las mesas de actualidades de las librerías. Ojalá sea, y ojalá pronto, por el momento seguiremos acomodados en la pequeña parte del asiento trasero que nos cede para ser testigos directos de todo lo que acontece en el taxi que es la vida.

martes, 3 de diciembre de 2013

En el bosque (poema de Paul Verlaine)


Muchos —ingenuos o acaso flemáticos—,
solo hallan en el bosque lánguidos encantos,
soplos fresco y perfumes tibios. ¡Son dichosos!
Otros —soñadores— se sienten atrapados por temores místicos.

¡Son dichosos! Pero yo, inquieto, y sin descanso turbado
por un espantoso y vago remordimiento,
por el bosque tiemblo como un cobarde
que teme una emboscada o que ve un muerto.

Esos grandes ramajes nunca apaciguados, como la onda,
de los que cae un negro silencio como una sombra
aún más negra, todo ese decorado lúgubre y siniestro
me llena de horror vil y profundo.

Sobre todo en las noches de verano: las llamas del ocaso
se diluyen en el azul grisáceo de las brumas que tiñe
de incendio y de sangre; y el ángelus que tañe
a lo lejos parece un grito plañidero que se acerca.

El viento se levanta caliente y pesado, un susurro pasa
y vuelve a pasar, cada vez más fuerte, en el espesor
cada vez más sombrío de los altos robles, ofuscador,
y se esparce, así como un miasma, en el espacio.

Se acerca la noche. El búho alza el vuelo. Es el instante
en el que se piensa en los relatos de las ingenuas abuelas...
Bajo la maleza, allá, vivos manantiales
con rumor de asesinos escondidos esperando.








Poema extraído de "Poemas", Paul Verlaine. Nórdica Libros: 2008

domingo, 1 de diciembre de 2013

"Literatura y fantasma" - Javier Marías


"Vida del fantasma", "La canción de Lord Rendall", "Serán nostalgias", "El fantasma y la señora Muir", "Cuando fui mortal", "Campanadas y viento y fantasma y muertos", "Fantasmas leídos", "Literatura y fantasma"... títulos de libros, cuentos o artículos de Javier Marías que aluden a su predilección por estos personajes de ficción tan encantadores y aterradores al mismo tiempo, los fantasmas. Esta divertidísima afición suya resulta inspiradora, pero todo a su debido tiempo.

"Literatura y fantasma" es un libro que actualmente se encuentra disponible en reediciones, (incluso ampliadas), cuya edición inicial, publicada por la editorial Siruela en 1993 posee la cubierta con una de las mejores imágenes que he visto nunca. Se trata de un collage de rostros en el que parte del de Javier Marías ocupa el lugar central, respaldado por el medio rostro inclinado y semioculto de Robert Louis Stevenson; la casi totalidad del lado izquierdo del rostro de Marías es invadida por el de Vladimir Nabokov, mientras la mirada de soslayo de Juan Benet sirve de apoyo a los mentones de todos ellos.

Lo que contiene "Literatura y fantasma" son artículos, ponencias y prólogos recopilados, procedentes de otras publicaciones y conferencias. Tratan asuntos lingüísticos y literarios, pero no deben confundirse con esos otros textos en los que Javier Marías a veces reflexiona y nos ilustra sobre cuestiones gramaticales y ortográficas, que fueron recogidos y publicados en 2012 por Galaxia Gutemberg, y que constituyen una de las colecciones más divertidas y enriquecedoras de artículos de Javier Marías.

En "Literatura y fantasma" desvela algunos de los pormenores de su método de trabajo, explica por qué no utiliza esta o aquella herramienta y nos permite observar su obra como a través de rayos X (lo que ya de por sí resulta bastante fantasmagórico). En uno de los artículos, "La muerte de Manur: narración hipotética y presente de indicativo", explica cómo se las ingenió para introducir párrafos en presente de indicativo en una obra fundamentalmente narrada en pretérito indefinido e imperfecto, "El hombre sentimental", valiéndose de una transición que no diera como resultado un cambio de tiempo brusco. 

A veces uno lee y le parece que la redacción es tan perfecta y tan exacta que no sólo no podría haber sido de otra manera, sino que la pluma o el teclado del escritor se activaron solos y dieron lugar a un libro estupendo escrito aparentemente sin ningún esfuerzo. Y nada más lejos de la realidad.

Precisamente, en este mismo artículo Javier Marías lanza una pequeña crítica al "realismo sucio", un estilo procedente de la literatura estadounidense que se caracteriza fundamentalmente por redactarse en presente, utilizar frases muy cortas e inmediatas y también por su marcado carácter autobiográfico, aunque esa es otra cuestión. Esta fórmula es más fácil y requiere al escritor menos esfuerzos, también el lector tendrá que esmerarse menos: esta presentación recuerda a la inmediatez del teatro, a las conversaciones coloquiales... al lenguaje sin demasiados tratamiento y aderezo, en suma. Y por eso mismo, más caduco y pobre que otros textos pulidos y esmerados, como los que Javier Marías sí emplea en sus obras.

Escritores de calidad producen lectores de calidad, al igual que los restaurantes de comida rápida producen organismos enfermos y mal nutridos. Así, tanto en la literatura como en la gastronomía, cada uno elige lo que le alimenta, también en qué quiere convertirse. No es lo mismo leer "La montaña mágica" tomando un té con leche de soja y pastas caseras, que acompañar la lectura de las sombras de grey con picadillo de restos de algo parecido al pollo rebozados en no se sabe qué y fritos en aceite de mala calidad reutilizada. Tampoco creo que sean extremos opuestos: sinceramente, no sé si hay término medio.

Otro tema que aparece en "Literatura y fantasma" es el de la autobiografía, la biografía novelada o la inclusión de elementos biográficos en una obra de ficción. Javier Marías desvela de qué artimañas se vale para mezclar realidad y ficción en sus libros de forma que ambas convivan amigablemente. También reflexiona sobre cómo el lector tiende a desconfiar de los textos declaradamente biográficos por las posibles exageraciones o engaños; también, en el caso contrario, cómo el lector busca datos reconocibles de la vida del escritor en sus obras ficticias. Javier Marías cuenta sin tapujos, y cualquiera puede comprobarlo, cómo en su caso ha jugado a la ambigüedad (con gran acierto y mejor ejecución, por cierto) en casi todas sus novelas, y este es un rasgo que, entre otros muchos, le convierten en un escritor magistral. Y por estas perlas, lo amo:

"Rara es la ocasión en que se ve a alguien por la calle o en una playa leyendo un libro suyo, entre otras cosas porque ya casi nadie lleva libros por la calle y menos aún a la playa. Recuerdo la emoción que sentí cuando alguien caritativo y quizá embustero me contó que en un vuelo había visto a tres personas distintas (ya sé que tres personas son siempre distintas, el adjetivo sirve para subrayar que eran tres, como el famoso <<6 6="" toros="">>) leyendo una de mis novelas. Pensé: qué avión tan amable, qué vuelo tan distinguido."

En el apartado "Otras vanidades" de este mismo libro, (de donde también procede el párrafo citado), se incluye un artículo en el que da siete razones para no escribir novelas y una sola para hacerlo. Lejos de la intención de desvelar esta última, solo diré que es la misma por la que muchos leemos.

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